En el año 730, el emperador bizantino León III promulgó un edicto por el que se prohibían los iconos religiosos y se destruían los existentes. El objetivo del emperador era purificar la vida religiosa considerando el culto a las imágenes como una práctica idolátrica. Aunque su intención fundamental era oponerse a la idolatría, que es un pecado grave, el conflicto conocido como la crisis iconoclasta no tardó en estallar. Los soldados entraron en las iglesias y destruyeron todos los iconos, generando pérdidas incalculables para el arte y provocando una reacción popular que abrió una crisis en el Imperio bizantino que duró hasta el segundo Concilio de Nicea, celebrado en el año 787.

El pasado domingo, 07 de junio, dentro de las protestas del #BlackLivesMatter, fueron pintarrajeadas en Londres las estatuas de Lincoln y Churchill tildándoles de racistas. En Bristol, la estatua de Edward Colston, un famoso comerciante y traficante de esclavos del siglo XVII, fue derribada por la multitud y arrojada al río que atraviesa la ciudad, bajo el muelle por el que los barcos tratantes de esclavos un tiempo descargaron sus cargas. En EEUU, estatuas de soldados confederados también fueron devastadas. En Bélgica, estatuas de Leopoldo II, monarca belga de finales del siglo XIX de muy dudosa reputación, también fueron presa de actos vandálicos.

Ayer mismo, también en Londres, pero esta vez auspiciado desde los poderes públicos, han retirado la estatua de Robert Milligan, un destacado comerciante y propietario de esclavos escocés.

Desde luego, no parece que la furia iconoclasta se quedase en el siglo VIII (de hecho, tuvo más manifestaciones en los países islámicos y también al surgir el protestantismo). Sin ir más lejos, recientemente los fundamentalistas yihadistas de Daesh destruyeron el templo romano de Palmira en Siria, los descubrimientos arqueológicos de Raqqa o Mosul e innumerables iglesias que se encontraron en su camino de destrucción con el objetivo de borrar la historia precedente de estas tierras.

“Every record has been destroyed or falsified, every book rewritten, every picture has been repainted, every statue and street building has been renamed, every date has been altered. And the process is continuing day by day and minute by minute. History has stopped.

«Cada registro ha sido destruido o falsificado, cada libro reescrito, cada imagen ha sido repintada, cada estatua y edificio de la calle ha sido renombrado, cada fecha ha sido alterada. Y el proceso continúa día a día y minuto a minuto. La historia se ha detenido.

1984, George Orwell

Lo que ocurre es que esta vez esta rabia iconoclasta nace de un revisionismo histórico que es siempre un ejercicio peligroso. Si se trata de ir contra el racismo, en EEUU deberían retirar las estatuas y honores del presidente demócrata Woodrow Wilson, quien vetó la entrada de los afroamericanos en las oficinas federales. Si seguimos con este ejercicio histórico, podríamos continuar con Margaret Sanger, fundadora de las clínicas abortistas de Planned Parenthood y promotora del aborto con el objetivo, entre otros, de reducir la población negra de los Estados Unidos. La lista sería larguísima. ¿Por qué no demolir el Coliseo de Roma porque obligaban a los esclavos a combatir en sus arenas o destruir las pirámides de Giza por haber sido erigidas por los regímenes tiránicos de los faraones? O más recientemente, ¿por qué no derribar el Mausoleo de Lenin en la Plaza Roja de Moscú o censurar los textos de Pablo Neruda por haber violado a una mujer pobre de Sri Lanka o sencillamente derruir las estatuas de cualquier personaje histórico que no se adecúe a nuestros criterios morales?

Es siempre más sencillo derribar una estatua que estudiar a fondo a un personaje histórico. Es siempre más fácil borrar la historia que conservarla, reflexionar y no juzgarla con nuestra mirada de 2020. Porque el ser humano está lleno de contradicciones, y las grandes personalidades de la historia más todavía. Vidas marcadas por su herencia, carácter, elecciones, formación… vidas jamás satisfechas que dejaron huella. Churchill, ¿no fue el mismo que le aguantó el pulso a Hitler el que apoyó el exterminio de los aborígenes australianos y los pieles rojas? Colón, ¿no fue el mismo aventurero que estableció una segura ruta hasta América el que luego comerciaría con esclavos y acabó terminando su vida vistiendo el hábito franciscano? Quizás el objetivo de esa estatua cuyo personaje tanto nos disgusta en ciertos aspectos es simplemente el recordarnos cómo fuimos para no olvidar. Quizás dentro de cincuenta años nadie sepa quién fue Edward Corlston en Bristol. Quizás si no hubiera estatuas de Leopoldo II en Bruselas los niños belgas nunca les preguntarían a sus padres quién fue ese señor y qué fue lo que hizo. Pero quizás, y sólo quizás, la función de esa estatua no nos recuerde tanto el pasado sino nuestras propias contradicciones, nuestra propia naturaleza humana herida por el mal, nuestras vidas llenas de luces y sombras, capaces a la vez de lo más noble y vil.

¿O es que somos tan autoindulgentes con nosotros mismos que necesitamos ser implacables para con el pasado? ¿Se puede construir un proyecto de sociedad sobre una forma de hacer justicia que condena las vidas pasadas ignorando nuestra propia naturaleza? ¿De verdad somos tan puros y tan comprometidos como para evitar toda componenda con el pasado? ¿Es esta la nueva humanidad que nace sobre las cenizas de unos hombres que cree sustancialmente diferentes a ellos mismos?

Tal error de base no puede sino hacer darse contra un muro a los nuevos iconoclastas. No por nada a finales del siglo VIII apareció san Juan Damasceno diciendo que la representación de la figura humana de Cristo no implica la adoración a los materiales con los que se confeccionan dichas representaciones. Esto mismo, traducido a la polémica actual que vertebra esta entrada, podría traducirse como «las estatuas de los personajes históricos no implican la admiración a todos los hechos que se le atribuyen a dicho personaje». No por casualidad las buenas intenciones del emperador se quedaron en eso y la controversia iconoclasta quedó para los libros de historia.

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