A ti que te preguntabas por qué aún no habías aparecido por aquí cuando ya lo hacías en cada línea, gigantesca y secreta. Lo hacías incluso antes de que surgieras en mi isla, radiante y preguntona, deseosa de acoger, dejando una huella en la arena que no habría podido borrar aunque hubiese querido. Por favor, era tan cerril que ni siquiera era consciente de que vivía como Robinson Crusoe.

Sí, estoy hablándote a ti. A ti que hoy cumples nueve mil treinta y dos rotaciones, veinticinco traslaciones y trescientas lunas distintas. Trescientas lunas, buena edad para cambiar estatutos y horóscopos, para que tu manantial mane amor sin miseria, para que te enfrentes al espejo que exige y pienses que estás linda y estés linda, que diría Benedetti.

Trescientas lunas nuevas, como la conjunción de los planetas de John Gray, como un escolar bisoño en su primer día, como la electricidad que recorre el roce inédito de tus manos en un pub ir-landés. Como es verte por primera vez cada vez. Es verdad, no lo olvides, que todo lo nacido de un choque galáctico sufre durante un tiempo inevitable. Porque la luna verdaderamente nueva no se da sin que la pangea, la masa terrosa del camino pasado, no deje pasar la luz del astro rey. Hasta que llega un momento en que se equilibran las energías estelares, la luna crece y el sol empieza a iluminarla. Y es ahí donde vivimos por vez primera ese Todo lo hago nuevo.

Trescientas lunas menguantes, porque contigo aprendo la sabiduría de hacerse pequeño. De no hacerse la medida de todas las cosas, de doblarse como un junco ante la embestida que hace estallar la piedra, en definitiva, de la humildad que secretamente guarda la entrada al placer y a la belleza que no acaban nunca.

Trescientas lunas crecientes, como cada experiencia en la que descubro contigo la alegría del mundo, como el amor que se desarrolla en cada gesto sincero, como cada vuelo estelar donde desarbolas un nudoso rencor. Como el lugar donde celebramos mis felices cumpledías, la contraseña santo y seña al corazón del bosque.

Trescientas lunas llenas, porque lleno estoy de un deseo que creía ya hundido en lo profundo del alma. Lleno de los ojos más hermosos que podría ver en cien mil lunas. De lo desconocido, de las ganas de recorrer el universo, de vivir en plenitud, de la aventura a la vuelta de la esquina que sólo puede ocurrirle al que que no es aventurero, de abandonar el fuego del hogar que conozco para forjar uno nuevo. No sé cómo se hace eso pero espero irlo descubriendo.

Nuevos, menguantes, crecientes y llenos a la vez, en definitiva, de nuestro compañero de viaje, Aquel que no defrauda y sin quien ninguna etapa de este viaje habría sido posible. A Él doy gracias por haber juntado tus andares con los míos.

Sí, puedes decirle a todo el mundo que este es tu post. Puede ser un poco simple y lunático, pero ya está hecho. Espero que no te importe que haya traducido en palabras más o menos enrevesadas qué bonito es el mundo ahora que estás en él.