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El año en que llegaste el Real Madrid ganó la Champions League. Con solo esta pista ni el lector más avispado sería capaz de adivinar cuando llegaste. Claro que si añadimos que el club blanco la ganó por decimoquinta vez y, además, ganó la Liga, una consulta rápida a ChatGPT averiguaría el año sin ninguna dificultad. Además de todo esto, ese verano ganó España su cuarta Eurocopa.

En abril del año en que llegaste nació tu hermana Ce y vino con varios panes debajo del brazo, algo a lo que espero que nunca nos acostumbremos. Varios meses después nació también tu primera prima, Sof, y por esa época tu madre empezó un máster por las tardes para dar clases en FP. De los malabares que tuvimos que hacer para compaginarlo todo se harán cantares de gesta en los siglos venideros.

El año en que llegaste me traje de Asturias siete bolas del dragón, un funko y un vale de Amazon que me gasté en libros, juegos de mesa y en unas mosquiteras que nunca usamos (adivina quién las pidió). Además, el ABC dejó de ser para mí solamente las tres primeras letras del abecedario y requirió gran parte de mis esfuerzos datotécnicos.

El año en que llegaste fuimos compañeros de fatigas de Ulises (D.E.P @HomeroResponde) y, un tiempo después, nos encontró un oasis literario en medio del desierto de la rutina. En aquel vergel conocimos un poco mejor Nagasaki y, sobre todo, a Takashi Nagai, sin olvidarnos por supuesto del hombre que sabía vivir o de la Europa de Dante Aligheri.

Al principio del verano del año en que llegaste, un hermano de comunidad selló su compromiso nupcial (se casó) en Barcelona. Allí tu madre y yo vivimos uno de los momentos más memorables del año al disfrutar de una visita guiada por la Sagrada Familia (no fue una visita cualquiera, ya te contaremos) y pasear por el Parque Güell. Desde luego, ya no veremos a Gaudí de la misma manera. Unos meses más tarde se casó también uno de mis mejores amigos (D&T) y tuve el honor de ser testigo de primera mano.

El año en que llegaste fuimos de vacaciones al valle del Pas y tu hermana C repitió su baile favorito de Cantajuegos cada cinco minutos. Vimos las Olimpiadas de París (por la tele, claro), visitamos Santander y comimos unos huevos con foie espectaculares en un pueblín llamado Villacarriedo. Hasta chispeaba de vez en cuando. Fuimos también a Sevilla a ver a la bisabuela y nos aventuramos a alojarnos por el centro en un cuarto que daba a un patio andaluz con azulejos y flores. Del espacio existente en la habitación y de las acrobacias que hicimos para entrar con el carrito hablaremos cuando crezcas.

A finales del año en que llegaste se casó tu tía R con tu tío R (R&R) y vivimos un día para el recuerdo donde, entre otras muchas cosas, bailamos como Carlton y Will, vinieron Gandalf y los elfos con un regalo de la dama del bosque y tus tíos N y D se prometieron. De la despedida de tu tío R mejor no hablar porque gracias al Humor Amarillo acabé con el tobillo como una pelota de tenis para seguir la tradición.

Fue ese el año en que llegaste, sí, aunque fue cuando ya estaba en sus últimos estertores y no nos dimos cuenta hasta que ya había empezado el siguiente. No te engañaré, descubrir que estabas aquí fue un choque de realidad. Tu llegada no entraba en nuestros planes inmediatos por diversos motivos, motivos posiblemente muy razonables pero al fin y al cabo medidos con criterios humanos. Él sabe más. Y tu madre y yo vamos descubriendo de una forma cada vez más palpable que Él nos precede, nos cuida y nos guía por unas sendas mucho mejores que las que nosotros planificamos.

No sabíamos que lo que necesitábamos era una esperanza que no defrauda y que nos la ibas a traer. Que el jubileo de nuestra familia este año pasaba por acogerte. Que un pan debajo del brazo a ti se te quedaba corto y nos querías traer una panadería entera. Que cuando teníamos que partir de nuestra casa y la situación era desesperada se nos concedió una virtud que se volvió verdaderamente una fuerza. Una fuerza que nos conservó en paz cuando un ejército nos acosaba por detrás y un mar con nombre de muerte nos cerraba el paso por delante. El mar se abrió y, lo que es más sorprendente, es que sabíamos perfectamente que iba a pasar aunque parecía imposible. Y por eso te llamas Esperanza.

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