Corría el año 2024 y la época estival estaba llegando a su fin. Cuando me quise dar cuenta, mi acompañante se había vuelto a detener a observar cuidadosamente otro de aquellos setos que bordeaban la calle en la que nos encontrábamos. En un momento dado, mi compañía arrancó un par de hojas del seto, las mordisqueó y las chupó con el claro objeto de averiguar a que sabían. Tras un par de minutos disfrutando de la experiencia, tiró las hojas al suelo y salió corriendo sin motivo aparente.
El episodio que acabo de narrar lo viví con mi hija de un año y medio pero bien podría haberlo vivido con el protagonista de El hombre que sabía vivir, la última novela de nuestro querido G.K.Chesterton que he tenido el placer de haber encontrado en mi camino. Su protagonista se llama Inocencio Smith y, como ya habrás intuido, es un curioso personaje que no deja a nadie indiferente.
Tengo idea de que hay algo así como un método en su demencia; las cosas suceden como si él consiguiera transformar cada instante que pasa, en un país maravilloso, solamente con salirse de los caminos trillados.
(El hombre que sabía vivir, G.K.Chesterton, Primera Parte, Cap II)
Un hombre que sabe vivir
Inocencio Smith es un hombre que sabe vivir. Un hombre que tiene una mirada capaz de captar la esencia de las cosas (como los niños) y actuar en consecuencia de una forma muy poco convencional pero al mismo tiempo llena de sentido. Ante una ráfaga de viento que arrastra un sombrero a la copa de un árbol se dispone a treparlo como si tuviera doce años. Ante una trampilla en el techo de la pensión de Beacon Street que llevaba años sin abrirse se encarama para abrirla y contemplar las vistas desde el tejado. Ante su profesor nihilista de la universidad de Oxford saca un revólver amenazándolo y dispara a fallar para «devolverle la vida». Y podríamos seguir, porque la novela es, en esencia, un juicio a Inocencio Smith: el juicio del nihilismo, el cientificismo y la desesperanza a la mirada alegre, maravillada y llena de júbilo que trasciende en lo cotidiano. Quién se lleva la victoria no te sorprenderá.
El brotar de su optimismo estalló en ramilletes de estrellas, como un cohete de lágrima, el día en que se enamoró de repente. (…) Sería más exacto decir que Smith se había casado, que era muy feliz en su matrimonio, que no se preocupaba de ninguna mujer excepto de la suya, y que parecía no preocuparse de ningún otro sitio que no fuera su propio hogar.
(El hombre que sabía vivir, G.K.Chesterton, Segunda Parte, Cap II)
En este sentido, Inocencio Smith es un arquetipo que está presente en otras obras de G.K.Chesterton (Gabriel Gale en El poeta y los lunáticos, Gabriel Syme en El hombre que fue jueves, etc) y le sirve para restaurar la inocencia de algunos de los personajes que salpican toda la novela y que, tras encontrarse con Inocencio, no pueden dejar de brincar, cantar, jugar, reír y… hasta pedirse matrimonio. No deja de llamarme la atención que este arquetipo de personaje inocente y tachado de loco esté tan presente en sus novelas a pesar de que nunca tuvo hijos que le restauraran la inocencia.
Yo he estado enamorado varias veces, pero siempre fui incapaz de actuar. Cada vez me acordaba de mi propia inconstancia.
(El hombre que sabía vivir, G.K.Chesterton, Primera Parte, Cap II)
¿Y cómo explicar un cambio, ya se realice en el sol, en la luna o en nuestra alma? -exclamó Rosemonde con voz desesperada-. ¿Tendré que confesar que todos nosotros estábamos lo bastante enfermos como para figurarnos que Smith era un loco por la simple razón de que le vinieron ganas de casarse y no nos dimos cuenta de que eso sucedía precisamente porque nosotros mismos teníamos ganas de casarnos?
(El hombre que sabía vivir, G.K.Chesterton, Primera Parte, Cap IV)
La mejor novela de Chesterton
El hombre que sabía vivir está muy bien estructurado y escrito, se lee con facilidad y con especial rapidez una vez G.K.Chesterton sitúa el marco de la acción tras los primeros capítulos. Otras novelas suyas no tienen estas mismas virtudes, por lo que yo mismo he recuperado mi inocencia ante las novelas del hombre-montaña (Bernard Shawdixit). Es la mejor novela de Chesterton que he leído.
Por otra parte, querido lector, a pesar de que el escritor inglés publica este libro en 1912 (una década antes de convertirse al catolicismo), eso no impide ver ya en sus historias una «catolicidad». Y si a todo lo anterior le sumamos un final tan sorprendente como obvio una vez leído – recuerda que Chesterton es el escritor de las paradojas -, no puedo más que recomendar su lectura, vender todo lo que tenga y comprar una parcela en Beacon Street para desenterrar este tesoro escondido y contárselo al mundo.
Así lo habrían querido Inocencio y su amada mujer.