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Llevaba tiempo queriendo leer algo de Michel Houllebecq (Isla de La Reunión, 1958), considerado por muchos el mejor escritor y cronista francés de los últimos cuarenta años. De modo que, al encontrarme con una de sus últimas obras en una librería de segunda mano (Serotonina fue publicada en 2019) y, con la excusa de la Feria del Libro, aproveché para hacerme con ella sin remordimientos de ningún tipo.

A Florent-Claude Labrouste, soltero, 46 años, funcionario del Ministerio de Agricultura y protagonista de la novela, no te lo imaginas con poleras y chompas para hombre o siguiendo las últimas tendencias de la moda parisina, sino quizás con casaca hombre, suéter de cachemira y calzado cómodo pero de diseño. Florent ahora se medica con Captorix, un antidepresivo que libera serotonina y tiene tres posibles efectos adversos: náuseas, desaparición de la libido e impotencia. Florent nunca ha tenido náuseas (sic).

En España, el 42,1% de la población ha sufrido una depresión a lo largo de su vida.

Fuente: Informe «La situación de la salud mental en España», Confederación Salud Mental España y Fundación Mutua Madrileña (2022)

A partir de aquí, la reseña puede contener spoilers

A Florent, la vida parecía haberle sonreído. A nivel profesional, contaba con un puesto fijo de funcionario (el sueño húmedo de la mayoría de los españoles y, por qué no decirlo, parece que también de los franceses) que le permitía no pasar problemas económicos y viajar sin planificar un presupuesto. A nivel personal, fue bien educado por unos padres que se quisieron mucho (quizás demasiado) y no le dieron la plasta de tener hermanos o inculcarle ideas religiosas. Sentimentalmente, tras varios vaivenes, tenía una atractiva novia japonesa más joven que él, dispuesta a satisfacer sus fantasías sexuales y que no valoraba en ningún momento la posibilidad de tener hijos. ¿Dónde hay que firmar?

Sin embargo, no es oro todo lo que reluce. Florent siempre ha encontrado odioso su nombre, lo que nos dice más cosas de él que de su nombre. Su vida ha transcurrido entre fracasos amorosos y pequeños éxitos laborales sin ningún impacto real en la mejora de las condiciones de los agricultores franceses. En el fondo, todo en su vida es estéril y el descubrimiento de las infidelidades (por decirlo suavemente) de su novia japonesa no podía más que desencadenar un terremoto (depresión) que le lleva a dejar su trabajo y vivir en un hotel, deambulando por la ciudad y escrutando toda su vida en busca de una esperanza (¡la mujer!) que le anime a seguir viviendo.

¿Es Serotonina el repaso de una vida desarraigada en constante búsqueda del amor auténtico de una mujer? ¿Es la descripción de una personalidad obsesiva y autodestructiva que se dirige sin remedio al precipicio? ¿Es una crítica social ácida y sin pelos en la lengua ante el hundimiento de Francia y de la Unión Europea? ¿Es una herejía frente a los dogmas de nuestro tiempo de la liberación sexual o la emancipación de la mujer? ¿Es la serotonina la consecuencia natural del espíritu de nuestra época?

Yo había entrado en una noche sin fin, y sin embargo, en mi interior, subsistía algo, mucho menos que una esperanza, una incertidumbre, digamos. También se podría decir que incluso cuando personalmente has perdido la partida, cuando has jugado tu última carta, perdura en algunos, no en todos, la idea de que algo en los cielos va a hacerse cargo del juego, va a decidir arbitrariamente que se reparta otra mano, que vuelvan a lanzarse los lados, y ello incluso cuando nunca has advertido, en ningún momento de tu vida, la intervención ni tampoco la presencia de una divinidad cualquiera, incluso cuando eres consciente de que no mereces especialmente la intervención de una deidad favorable, e incluso cuando te das cuenta, considerando la acumulación de errores y faltas que constituye tu vida, de que la mereces menos que nadie.

Serotonina, p.248

Houllebecq es una especie de profeta y los profetas no son cómodos ni es su lenguaje apto para todas las sensibilidades. En este sentido, su estilo es a menudo virulento, visceral, crudo, no exento de detalles escabrosos que podría ahorrarse pero no lo hace, quizás para que entendamos mejor a Florent y nos activemos como con una bofetada.

¿Hay que leer a Houllebecq? Muchos dirán que no es necesario y algunos preferirían hasta censurarlo. Al fin y al cabo, los profetas han sido denostados en todas las épocas. No se me ocurre mejor piropo ni mayor razón para leer Serotonina.

Bueno, sí, la última página, clave de bóveda para entenderlo todo. Incluso a Florent.

Se diría que sí.

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