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¿Dónde estás? Si no lo sabes probablemente estés en el Líbano. ¿Sabes dónde estás poniendo tu vida? Si no lo sabes probablemente la estés poniendo en el Líbano. ¿Ves el sentido de tu vida, crees que tu vida tiene algún sentido o simplemente vives por vivir? Si no le ves el sentido a nada probablemente estés viviendo en el Líbano. Yo estoy en el Líbano.

Dicen que en el Líbano todo el mundo es esclavo. Yo me siento bastante así. Pero no pasa nada, se puede salir de ahí, a pesar de que puede ser más cómodo quedarse a esperar que todo cambie por arte de magia. Es cierto que el Líbano es un país con unas fronteras difíciles de atravesar, no lo consigue todo el mundo y muchos pierden las ganas por el camino. Por eso para escapar algunos prepararon una receta. La cocinaron con cuidado y le dieron un poco de música, para que ayudara a los esclavos que querían salir de allí a amar algo más que a sí mismos:

Ven del Líbano, salmo

Este es el canto de Ven del Líbano, uno de los salmos del Cantar de los Cantares. Este canto habla del amor entre una novia y su esposo, de cómo el esposo invita a la novia a abandonar un país difícil y peligroso (el Líbano) para reunirse con él, con su amado.
 
En la lectura que se acaba de proclamar hemos escuchado cómo Dios nos quiere con un amor eterno e inconmensurable, y por eso respondemos con este canto, donde el Amado, que es Cristo, dice: “Ven del Líbano, esposa, ven del Líbano, ven”. El Líbano, que es símbolo de nuestras esclavitudes, de nuestras idolatrías: del dinero que nos vuelve huraños, del afecto de esa chica que te ha rechazado, o que no te quiere como te gustaría, del éxito en los estudios, en el trabajo; de la fiesta, de nuestros planes, de todo aquello que nos ata; por eso dice el canto “Busqué el amor del alma mía, lo busqué sin encontrarlo”, porque buscamos la vida donde no está.
 
Por eso dice el Señor: “Ven a mí, sal de los dominios del Maligno, de ese Líbano; ven aquí amada y tendrás por corona la cima de los montes, ven que el invierno ya ha pasado, levántate, ¿no oyes el canto de la alondra? ¿No ves cómo aparecen las flores en la tierra, cómo ha llegado ya el sol?” Ven a mí, amada, deja en las aguas el hombre viejo y renace a una vida nueva, mira de dónde te ha sacado el Señor para transformarte en su esposa, mira tu vida bien hecha.

Yo os invito a cantar y a rezar con este canto, que esta noche podamos decir con el corazón y tener esta certeza: “Encontré el amor de mi vida, lo he abrazado y no lo dejaré jamás”.

Sobre todos los demás árboles, el cedro del Líbano se distingue por su fuerza, su firmeza, su vigor perdurable; y se lo usa como símbolo de aquellos cuya vida «está escondida con Cristo en Dios. (Col 3: 3.)

[ACTUALIZACIÓN – 09/11/2020] Acabo de leer un libro titulado «Las fiestas judías y el Mesías«, de Francesco Giosué Voltaggio. En él se incluye un párrafo que seguramente arrojará un poco más de luz sobre el sentido del Líbano en el Antiguo Testamento:

En tiempos de Jesús, el Templo estaba recubierto de una enorme carga simbólica […]. Este se denominaba con el curioso nombre de «Líbano», quizás porque el primer Templo había sido construido con cedros del Líbano o por una alusión contenida en Zac 11,1. De todas formas, el título tomó un significado simbólico propio: en hebreo el nombre «Líbano» (lebanon) está ligado al término labán, «blanco«, y este apelativo se debía a que el segundo Templo era blanquísimo y resplandeciente. Todavía hoy se pueden ver las enormes piedras, grandes y blancas, con las que Herodes el Grande lo había engrandecido. Aún más, este título tenía relación con la liturgia: en el Templo los pecados de Israel se perdonaban durante el Yom Kippur y esto se veía como un cumplimiento de la profecía contenida en Is 1,18: «Así fueren vuestros pecados como la grana, cual la nieve blanquearán».

Las fiestas judías y el Mesías, p.92

A la vista de esta identificación del Líbano con el Templo, el salmo sugiere un significado algo distinto: «Ven del Líbano (del Templo), esposa, ven del Líbano (del Templo), ven». Ya que has sido purificada allí de tus pecados, «tendrás por corona la cima de los montes, la alta cumbre del Hermón», etc.

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