Nadie quiere ser un cuñao en esta España nuestra de 2025. Es casi un insulto, como si admitirlo equivaliera a decir: «Tengo una opinión firme como una roca pero con el fundamento de un político en campaña electoral». Sin embargo, el prototipo de cuñao patrio que es Leo Harlem no hace más que llenar todos los teatros del país. Y lo aplaudimos con las botas puestas. Porque, en el fondo, al cuñao se le quiere… y no podrías llamar a nadie así realmente sin serlo tú mismo.
Hay, por tanto, una proyección psicológica en llamar a alguien cuñao en una discusión. Es el adjetivo comodín, el joker de nuestra partitocracia familiar, el traje de buzo de mujer con el que sumergirte en la autocomplacencia, la llave maestra que te abre cerrar un tema con superioridad moral, una forma chusca pero efectiva de anular al contrario y ganar automáticamente.
Y, sin embargo, quiero atreverme hoy con la herejía de hacer un elogio del cuñao.
Permíteme, querido lector, empezar diciendo que no hay niño en España que de mayor quiera ser un cuñao y eso es triste. Es triste porque la realidad es que ser un cuñado significa algo tan bonito como que tuviste hermanos (o al menos los tuvo tu mujer o tu marido). Y si tener hermanos es algo bueno afirmo que tener cuñados también lo es.
Lo digo desde la experiencia, no tanto por veteranía como por sobreexposición: tengo muchos cuñados (y cuñadas). Sí, aunque sin duda hay sobremesas interminables de geopolítica de bar, recomendaciones de coches de segunda mano o de zapatillas de mujer en ofertas y discusiones bizantinas sobre el mercado inmobiliario o el sistema de pensiones, lo cierto es que tener cuñados de toda clase y pelaje ha acelerado mi aprendizaje vital. El cuñado es escuela, espejo y, a veces, bofetada (simbólica, la mayoría de las veces). Pero sobre todo espejo. Una escuela, un espejo y una bofetada que nos llevan más rápido a donde no queremos ir (aunque nos va la vida en ello): a la humildad.
Porque tus cuñados son escuela: te enseñan cosas nuevas y cosas que olvidaste. El que elige una carrera y te cuenta sus motivos te devuelve a tus dieciocho años y a por qué elegiste tu carrera y si volverías a hacerlo. El que se lanza a hacer el Camino de Santiago te recuerda el salto de fe que diste en aquella plaza abarrotada. El que no encuentra novia y se exilia en las montañas te hace viajar a aquella época en la que las chicas te daban calabazas y dabas tumbos buscando tu sitio.
Porque tus cuñados son espejo: te devuelven tu reflejo. El que quiere montar un negocio o ha conseguido un aumento de sueldo peleando en un clima adverso te despierta de tu conformismo en el trabajo. El que se busca las habichuelas para proveer de mil y un maneras para su familia impulsa tu creatividad financiera. El que abre la caja de los truenos en una sobremesa te pone delante de la mesa que la familia no se elige, pero sí se aprende a querer. El que corre el riesgo de dejar atascado el coche de sus suegros en medio de una noche montañosa te recuerda que por amor bien vale arriesgarse al fracaso.
Porque tus cuñados son bofetada: tanto cuando te lo mereces como cuando no y eso te ayuda a recuperar el pulso con la vida. La que no te deja ponerle su nombre a tu hija porque ese nombre ya está cogido por ella te fija un límite que no esperabas y eso es bueno aunque luego hagas lo que quieras. El que cuida a su mujer y es atento a sus necesidades (las de tu hermana, recordémoslo) te pone delante sin decir nada tu realidad porque quizás has estado últimamente un poco ausente en mil historias.
Tener cuñados te ayuda a valorar el regalo que es tener hijos porque bien podrían no haber llegado aunque lo hubieras preparado todo para ellos. Te pone delante el sufrimiento y ante él no puedes agitar más que un «lo siento mucho» y la fuerza de la esperanza. Te vuelve a recordar que el amor se alegra con la verdad, que el matrimonio merece la pena y que la luna de miel no tiene por qué ser perfecta para que sea luna de miel.
Es bueno tener cuñados por todas estas cosas y aún no he dicho lo mejor, la paradoja que ha estado asomándose por todo este elogio: que puedo llamar cuñaos a todos estos… porque yo también lo soy.
