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En una de las escenas del final de Indiana Jones y la Última Cruzada (Steven Spielberg, 1989), Harrison Ford se encuentra ante un abismo inmenso que nadie podría cruzar de un salto. Ha llegado allí después de un largo periplo en el que ha tenido que seguir la pista del Santo Grial por medio mundo; después de ser traicionado por Elsa, con quien había iniciado un romance (peliculero); después de rescatar a su padre (Sean Connery) de los nazis; después de escapar con él en una motocicleta con sidecar. Ahora, su padre está muriéndose y encontrar el Santo Grial es la única esperanza que le queda para salvarlo. Y para eso debe saltar una distancia que es materialmente imposible. Nadie podría saltar esto. Es imposible. La secuencia enmarca en ese momento al padre moribundo susurrando desde la distancia: «Debes creer, hijo, debes creer». El tiempo se acaba. Indiana necesita un salto de fe.

Es muy posible que te hayas reconocido alguna vez como Indiana, ante un abismo, ante la magnitud de un salto imposible de hacer con la longitud y fuerza de tus piernas. Sobrepasado por el peso de aquello que quieres hacer pero no sabes cómo, por aquello que incluso intuyes que puede tener que ver con tu misión. El vacío se te presenta delante y si escuchas atentamente quizás llegues a escuchar las palabras de tu padre golpeteando en tu interior: «Debes creer, hijo, debes creer».

La fe es garantía de lo que se espera; la prueba de las realidades que no se ven.

Hebreos 11,1

Lo cierto es que, pese a quien le pese, existen muchas realidades cotidianas en las que es necesaria la fe. ¿No damos acaso un salto de fe cada día asumiendo que el sol saldrá al día siguiente? ¿No suponemos cada día que viviremos mañana o hacemos planes figurándonos que tendremos salud para ello? Sin embargo, hay momentos en los que queremos creer y no podemos. Por ejemplo, a la hora de hacer un salto de fe para creer en el amor o, todavía más acrobático, para tomarse el amor en serio y creer en el matrimonio. No en el matrimonio idealizado sustentado en el mito de la pareja, sino en el matrimonio fundado en la entrega, la fidelidad, el respeto y el amor. Algo más parecido a como lo entiende Chesterton:

Cuando defendemos la familia no queremos decir que siempre sea una familia tranquila y en paz; cuando mantenemos la tesis del matrimonio no queremos decir que es siempre un matrimonio feliz. Lo que queremos decir es que es el teatro del drama espiritual, el lugar donde las cosas ocurren de verdad, sobre todo las que son importantes.

G.K.Chesterton, The New Witness, 17 enero 1919

Pero, ¿cómo voy a entregarme a mi futura esposa? Si me conozco y me cuesta trabajo hasta salir a tirar la basura… ¿Cómo voy a prometer serle fiel en la prosperidad y en la adversidad? Si no soy fiel ni a mi afición al deporte o a la lectura y me puedo pasar semanas sin tocar un libro o un balón… ¿Serle fiel en la salud y en la enfermedad? Si un dolor de cabeza saca mi genio y soy más vulnerable de lo que soy capaz de admitirme a mí mismo… ¿Amarla y respetarla todos los días de mi vida? Inalcanzable llegar a tanto. Así pues, ¿cómo podría prometer algo así si descubro en mi naturaleza una herida, una incapacidad para salir de mi yo y entregarme totalmente? Es imposible, mi pana, y con estas variables en la ecuación tendría razón.

Sin embargo, falta la variable más importante en la ecuación.

Es imposible hacerlo solo. Y lo revolucionario es que no lo estás.

Al final de la película, Indy da un salto de fe, consigue el Santo Grial y cura a su padre moribundo. Y como él, un día tú también lo das, desaparece el barro de tus ojos y ves. Se desata el nudo de tu lengua y hablas. Te levantas de la camilla y caminas hasta el fin del mundo conocido, a Santiago de Compostela, a la tumba de uno que también tuvo que saltar antes que tú.

Y lo revolucionario es que no lo haces por ti mismo.

Pues tras mil peripecias, tres ampollas y varios enfados y milagros, todo aparece claro y diáfano sin ser mérito tuyo. No sin combate ni tropiezos, pero sorprendentemente claro, como que el sol saldrá por la mañana al día siguiente.

Llegar hasta allí no ha sido trivial, sencillo ni amable. Pero llegas con la conciencia de no haber caminado solo todo este tiempo, sabiendo que sin Él no podéis hacer nada. Y confiando en la promesa de la promesa saltas el abismo esperando que ella también lo haga contigo.

Ese momento es inolvidable.

Ella dijo en su corazón «Hágase«, como otra mujer de Galilea hace muchísimos años.

Y en esas estamos, preparando el día en que diremos .

Por la fe, Abraham obedeció y salió para el lugar que había de recibir en herencia, y salió sin saber a dónde iba.

Hb 11,8; cf. Gn 12,1-4

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