Este cuatrimestre me he matriculado de la asignatura de Iconología y Mitología y la estoy disfrutando muchísimo, querido lector. Aprovechando que el examen lo tengo este miércoles y así repaso te traigo el tercer Fogonazo de historia, en el que haremos un recorrido por la influencia de Hércules en la monarquía hispánica.

Si en el primer Fogonazo de historia nos fuimos hasta Mesopotamia y en el segundo viajamos a la Atenas democrática, esta vez abandonamos el «mundo real» para adentrarnos en el universo mítico de los dioses y héroes griegos que tanta influencia ha tenido en la civilización occidental. Bienvenido a Hércules y la monarquía hispánica. ¿Sigues leyendo?

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Introducción

Hércules, en griego Heracles, es uno de los héroes más característicos de la mitología griega. Su existencia se debe a la relación adúltera de Zeus con una mortal, Alcmena. Hércules, cuyo nombre significa “la gloria de Hera”, está marcado desde su concepción por la protección de Zeus y por la furia de Hera, dolida por la infidelidad de Zeus y dispuesta por ello a poner todos los obstáculos posibles en el camino del héroe.

Hércules en la cuna sofocando a las serpientes que le envió Juno para que le matasen (1779), Museo del Prado

Desde su niñez Hércules se revela con una fuerza extraordinaria, como en el episodio en el que, con apenas ocho meses, Hera le envía dos serpientes que el héroe estrangula con sus propias manos. Esta fuerza, sin embargo, también se manifiesta como algo terrible y peligroso cuando no es encauzada con juicio, como en el trágico fratricidio que protagoniza al matar a sus hijos tras haber sido hostigado por Hera hasta la locura. Con el objeto de expiar su crimen, el oráculo de Delfos le insta a ponerse al servicio de su primo Euristeo, rey de Micenas, quien le encarga doce trabajos que ponen a prueba al héroe, le perfeccionan y le liberan, convirtiéndose en un ejemplo de búsqueda de la virtud y fuerza de espíritu. Entre estas misiones se cuentan la captura del perro guardián del infierno Cerbero o el robo de las manzanas de oro del jardín de las Hespérides. Una vez terminados los trabajos y obtenida su libertad, Hércules siguió realizando hazañas sobrehumanas hasta su muerte y posterior apoteosis en la que se le otorgó dignidad de deidad.

Heracles robando las manzanas del Jardín de las Hespérides. Detalle del mosaico de los trabajos de Hércules de Liria (Valencia), en el M.A.N.

El mito de Hércules fue, sin duda, el más representado entre los héroes de la Antigüedad en Grecia. La dualidad de su carácter y las gestas que protagonizó le llevan a superar cualquier tipo de barrera temporal y a transfigurarse en diversas alegorías que se adaptan a conceptos diferentes. De este modo podemos encontrar a Heracles en el arte funerario romano en mosaicos y sarcófagos; como constelación en tratados de astrología de la Edad Media; como metáfora de la fuerza y capacidad de resistencia cristiana; como genealogía real, nobiliaria y urbana; y como figura de proyección política asociada al linaje de los monarcas. Es en este último donde haremos especial hincapié por ser el tipo iconográfico más referido en el contexto de la monarquía hispánica.

El inicio del tipo iconográfico de Hércules

La iconografía clásica de Hércules se define en el siglo V a.C. durante el Clasicismo, a través de escultores como Policleto o Mirón, que convirtieron el mito en una representación gráfica en la que Hércules es reconocible gracias a su maza y a la piel de león que cubre parte de su cuerpo. Tras la caída del Imperio Romano de Occidente, el héroe sufre una reinterpretación de carácter religioso y una asociación con la constelación de Leo por su victoria sobre el león de Nemea.

En el contexto del cristianismo, el mito de Heracles ya se encontraba en frescos de arte paleocristiano de las catacumbas de la Vía Latina, donde aparece dentro del programa iconográfico de la salvación al compartir algunas características con Cristo. Posteriormente, gozó de buena aceptación entre padres de la Iglesia como san Agustín, quien reconoce los beneficios que héroes paganos como Mercurio y Hércules han traído a los mortales por ser modelos de comportamiento moral. Ejemplos de la figura de Hércules asimilada a Cristo son, ya en el Románico, obras como los capiteles de la iglesia de san Pedro en el castillo de Loarre, donde aparece representada la captura del león de Nemea, o el pórtico de la iglesia de san Bartolomé en Guadalajara, en la que puede verse al Hércules niño matando a las serpientes que le envió Hera.

Hércules y el león de Nemea. Detalle de un capitel de la iglesia de san Pedro en el castillo de Loarre (Huesca)

 

La introducción de Hércules en la monarquía hispánica durante la Edad Media

Las obras de los autores latinos divulgaron los mitos de la Antigüedad Clásica, encontrándose una primera mención de la historia de Hércules en la cronística ibérica en las Etimologías de san Isidoro de Sevilla (s. VII). Más tarde, en la Primera Crónica General de España (1270), Alfonso X el Sabio (1221-1284) desempeñó un papel crucial, ya que en ella se estableció la influencia de Hércules en la historia de España. Hércules crea las columnas de Hércules en Cádiz y coloca unos pilares de piedra en el lugar que sería la futura Sevilla, poblada por Julio César. Después, roba los bueyes a Gerión – trabajo número diez –, rey de España, quien tenía siete cabezas porque España tenía siete provincias. Y más tarde, tras matarlo en Galicia, funda ciudades como Tarazona o construye la villa de Barcelona.

Después, Alfonso X escribió una segunda versión llamada General Storia, donde el rey de Castilla trató de recoger los acontecimientos cumbre de España desde el principio de la Humanidad hasta su reinado, otorgando una importancia capital a las hazañas que Hércules realizó dentro de las fronteras del reino. Esta obra cuenta con diversas ilustraciones en las que el héroe es retratado de una forma atípica, frontal y vestido con una túnica y piel de león sobre los hombros, estrangulando con cada brazo a sendos leones. El monarca vincula así a Hércules como antepasado de toda la estirpe real, exaltando su figura y la de la monarquía como institución. Esta relación iconográfica de Hércules con la propaganda ideológica es una tendencia que viene desde el período clásico. Se aprecia en este momento, por tanto, una trayectoria iconográfica marcada por dos corrientes medievales que continuarán en el siglo XVI: la alegórico-religiosa y la alegórico-política o histórica.

La consolidación del tipo de Hércules en la monarquía hispánica durante la Edad Moderna

En la Edad Moderna las representaciones del héroe aumentan, sobre todo en escultura civil y religiosa, donde Hércules es el personaje que más aparece en relieves y frisos decorativos de fachadas, en iglesias y retablos y en patios de edificios tanto públicos como privados. Un ejemplo es el palacio del Viso del Marqués (Ciudad Real), cuyos techos y bóvedas están recubiertos con pinturas al fresco, de las cuales muchas presentan episodios relacionados con Heracles.

La interpretación moral de Heracles ya vislumbrada en la Edad Media se consolida en el Renacimiento, apareciendo también en la pintura, por ejemplo, en Hércules en la encrucijada de Annibale-Carracci. Sin embargo, es como figura de proyección política como el mito de Hércules sigue encontrando especial relevancia, sobre todo con la casa real de los Habsburgo (1516 – 1700).

Hércules en la encrucijada, Annibale Carracci (1596), Museo de Capodimonte de Nápoles, Italia.

La dinastía de los Austrias llega a España en 1516 con Carlos I de España y V de Alemania, motivada por la inestabilidad mental de su madre, la heredera Juana, hija de los Reyes Católicos. El nuevo rey, nacido en Flandes, accede al trono e instaura una dinastía cuyo origen necesita exhibir debido a sus raíces extranjeras. La explicación del nacimiento de la casa de Austria entronca de este modo con la figura de Hércules, y más concretamente con el robo del ganado del monstruo Gerión, mítico tirano de Hispania. Como ejemplo de esto, en la portada del palacio del I conde de Morata en Zaragoza labrada por Guillaume Brimbez (1552) se ven las figuras enfrentadas de Hércules, con la piel del león de Nemea, y el propio Gerión.

Portada del Palacio de los Condes de Morata, actual Audiencia Provincial de Zaragoza. Se aprecian las figuras enfrentadas de Hércules y el gigante Gerión.

Es esta una metáfora de los orígenes del Reino de España y de la monarquía benefactora de Carlos V, quien es identificado como un nuevo Heracles, paladín de la defensa de la Cristiandad frente a los turcos y guardián de la fe frente a la herejía protestante. Los relieves renacentistas del Ayuntamiento de Sevilla (1540) son otra una muestra de ello. Es importante señalar que otras casas europeas se decían también descendientes del héroe, lo cual justifica, en el momento en que comienza a reinar Carlos I, la unión de su persona con el mito.

Esta mitificación del rey Carlos I fue seguida en mayor o menor medida por sus descendientes, destacando especialmente Felipe IV, quien accede al trono en 1621. El joven rey llega en un momento de grave crisis económica, política, social y demográfica, con malas cosechas, brotes de peste, continuas revueltas y guerras en el exterior. El rey confió el gobierno a su valido el conde-duque de Olivares, quien trató de centralizar los organismos estatales para salvar la monarquía española. Sin embargo, a pesar de esta situación crítica, las artes y letras castellanas vivieron un momento de gran apogeo gracias al mecenazgo del rey. Felipe IV debía proyectar una imagen de poder cercana a la de su abuelo Felipe II y su bisabuelo Carlos V para la cual el teatro y la pintura resultaron esenciales.

Dentro de este período, las obras pictóricas más representativas se alojaron en el Palacio del Buen Retiro, empezado a construir en 1629. Dentro del Salón de Reinos de este nuevo palacio, encontramos sobre las diez ventanas que rodeaban la sala los diez cuadros que Zurbarán realizó sobre los trabajos de Hércules: Lucha con el toro, con Anteo, con el jabalí de Erimanto, desviación del río Alfeo, lucha con Cerbero, la túnica de Neso, la lucha con Gerión, Hércules en los montes Calpe y Abyla, lucha con el león de Nemea y lucha con la hidra de Lerna. De nuevo, el objetivo de las pinturas era asociar al monarca con el héroe, pero para ello Zurbarán añadió novedosas formas de representación. A través de la apoteosis de Heracles ligó al monarca con la inmortalidad y, a través de la victoria del héroe sobre el monstruo Gerión hizo a Felipe IV vencedor de la discordia. Para la realización de estos cuadros, Zurbarán se inspiró en bocetos y grabados de la época, como el grabado de Hans Sebald Beham (s. XVI) que reproduce la lucha entre Hércules y Anteo.

Hércules desvía el curso del río Alfeo. Zurbarán, Óleo sobre lienzo. 1634

Otras obras relacionadas con Heracles fueron situadas durante el reinado de Felipe IV en sus zonas de recreo, como en la Torre de la Parada, uno de sus pabellones de caza. En la decoración de este pabellón destaca la obra mitológica de Rubens, en la que nuevamente aparecen los trabajos de Hércules, como Hércules luchando con el dragón en el jardín de las Hespérides o Hércules y el cancerbero.

Una de las obras de mayor envergadura del siglo XVII en la que aparece Hércules se encuentra en la Casa de Pilatos, palacio situado en Sevilla perteneciente a los duques de Alcalá. La decoración de la cubierta, encargada a Francisco Pacheco en 1604, presentaba varias composiciones de carácter mitológico entre las que destacaba el lienzo central en el que aparece Hércules alzando su maza mientras reposa sobre la piel del león de Nemea y asciende al Olimpo como un nuevo dios ante la mirada del resto de los dioses, representados sentados sobre nubes con sus atributos arquetípicos. Así, Hércules disfruta de la inmortalidad que se ha ganado haciendo ejercicio de la virtud, en lo que es una clara alegoría moral destinada al duque de Alcalá, quien debía elegir una vida virtuosa para alcanzar la gloria.

Apoteosis de Hércules, Francisco Pacheco (1604), Casa de Pilatos (Sevilla)

Otra obra destacable son los medallones del Salón de Reyes de la Casa de la Panadería, en la Plaza Mayor de Madrid, donde aparecen de nuevo los trabajos de Hércules: Lucha de Hércules con el toro, con el dragón, con la cierva, Hércules con el trípode, la lucha de Hércules con el león y con la hidra. En el centro de la cubierta de esta sala se encuentra el sello de los Austrias, por lo que el conjunto ofrece una clara lectura política. Las escenas del héroe fueron diseñadas por Claudio Coello y José Ximenez Donoso, quienes se basaron en los grabados de Carlo Casio.

Bajo el reinado de Carlos II (1661-1700), hijo de Felipe IV, también se encargaron algunas obras que protagoniza nuestro héroe, como la Alegoría del toisón de oro, de Luca Giordano. Esta obra, culmen del barroco español, narra la historia de la creación del mundo a través del mito de las edades, donde los personajes mitológicos se mezclan con todos los monarcas españoles desde Carlos V. Heracles aparece dentro de la obra como padre fundador de la dinastía y símbolo de fuerza y virtud. Esta idea se aprecia claramente en la escena en la que el héroe, representado con la piel del león de Nemea y la maza, entrega el Vellocino de oro a Felipe II mientras a sus pies aparece la figura sometida de una criatura que simboliza la discordia.

La entrega del vellocino de oro a Felipe II de manos de Hércules, Alegoría del Toisón de Oro, Luca Giordano

 

La caída del tipo de Hércules en la monarquía hispánica durante la Edad Contemporánea

Hércules también está presente en los palacios de los Borbones, desde principios del siglo XVIII hasta mediados del siglo XIX. En el palacio de La Granja de san Ildefonso (Segovia), aparecen temas mitológicos que ensalzan las virtudes morales. Allí, en la fuente de las Ocho Calles aparece Hércules semidesnudo, con la maza en la derecha y la melena de un león en la izquierda. En el Palacio Real de Aranjuez también encontramos en sus jardines una estatua de Hércules y la hidra, esculpida por Herrera Barnuevo en 1661. En el jardín contiguo aparece Hércules y Anteo (1837), obra de Isidro González.

Hércules y Anteo, Isidro González (1837). Jardines del Palacio Real de Aranjuez.

Durante el siglo XIX, el gusto por la pintura mitológica sigue creciendo, fomentado por la nueva burguesía. Es una mitología de carácter simbólico que se ubica en los nuevos palacetes, de gusto francés, como el Palacio de Santoña (Madrid) o el Palacio del Marqués de Riera (Madrid), ambos con pinturas de Hércules de influencia francesa e italiana. Así, la iconografía de Hércules siguió gozando de cierto éxito, pero nada comparable a los siglos precedentes.

 

Bibliografía

  • Pandiello Fernández, María. Hércules, en Revista Digital de Iconografía Medieval, vol. IV, nº. 8, 2012, pp. 67-78.
  • López Torrijos, Rosa. La mitología en la pintura española del Siglo de Oro. Madrid, Cátedra, 1985.
  • Panofsky, Erwin. Estudios sobre Iconología. Madrid: Alianza, 1972.
  • Elvira Barba, Miguel Ángel. Arte y mito. Manual de iconografía clásica. Madrid, Sílex, 2008.
  • Angulo Íñiguez, Diego. Ars Hispaniae, vol.15: Pintura del siglo XVII, Madrid, p.139.
  • Lleó Cañal, Vicente. Nueva Roma: Mitología y Humanismo en el Renacimiento sevillano, Sevilla, 1979, pp. 32-69.
  • Representaciones de Hércules en obras religiosas del siglo XVI, Boletín del Seminario de Estudios de Arte y Arqueología (1980), pp. 293-308.
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