Uno de los aspectos que más estoy disfrutando de estudiar la asignatura de Historia Antigua es el hecho de ver cómo el hombre del 500 a.C. en realidad no se diferencia tanto del hombre del siglo XXI; que las sociedades del mundo antiguo tienen similitudes en muchos aspectos con nuestra sociedad posmoderna tan pagada de sí misma.

En el primer Fogonazo de historia nos fuimos hasta Mesopotamia para sorprendernos con uno de los primeros códigos legales registrados. Hoy viajamos a la Atenas democrática a través de un texto algo más extenso en el que cualquier parecido con la actualidad es como siempre pura coincidencia. Bienvenido al ascenso de los demagogos:


«Se convirtió, por tanto, Atenas en una polis extraordinariamente compleja, cuyo control interno y externo, político y económico, requería una buena información y unos buenos conocimientos. Algunos atenienses tenían todo eso […]. Pero su voto en la asamblea resultaba irrelevante, mientras las leyes y todo tipo de decisiones debían salir de una masa mal informada y fácilmente influenciable. De ahí la importancia de la retórica, la capacidad de convencer a un auditorio para que vote en un determinado sentido. Y esa fue la paradoja de la democracia ateniense. Había eliminado institucionalmente el poder individual, subordinándolo al poder ejercido por el demos; pero la falta de instrucción y de información de la masa la dejaban a merced del orador más hábil. Así nace el demagogós («el que arrastra al demos», el líder popular) como figura política clave de la democracia ateniense en su fase más avanzada.»

Pericles gobernó Atenas desde el cargo de estratego,
para el que fue elegido en quince ocasiones.

«El liderazgo de Pericles tenía ese carácter, pero no resulta discutido […]. Los auténticos demagogos que le sucedieron no tenían más objetivo que el de sacar adelante las propuestas que les interesaban. La mayoría eran ricos, y hasta de talante aristocrático aunque atacaran a los aristócratas; pero se prestaban a halagar al demos como fuera, con tal de llevárselo a su terreno […]. Los demagogos intentaban manejar al demos como a un caballo encabritado, para hacerle seguir un camino señalado por el conocimiento que tenían de la situación.»

«El problema es que eran políticos corruptos, que cedían a los sobornos y a las presiones interesadas de dentro y de fuera de Atenas, y que no tenían escrúpulo alguno en comprar a testigos que corroboraran sus afirmaciones. Y el problema era también que disfrutaban con el juego político, pero no estaban interesados en la valoración de sus actuaciones en términos éticos. Sabían que la riqueza supuestamente conseguida por las habilidades financieras era lo que despertaba la admiración de las masas; eso, y los éxitos militares. Se formaban, por tanto, en una retórica alejada de la filosofía, y dirigida a la manipulación de la masa, donde solo interesaban las técnicas de convencer. […] Todos los políticos, sin excepción, necesitaban crearse una imagen, cultivarla adecuadamente y prodigarla en los espacios públicos, para poder utilizarla en la asamblea como plataforma de sus pretensiones.»

Breve historia del mundo antiguo, Raquel López Melero

 

Así fue el ascenso de los demagogos en la democracia ateniense, una de las razones de su posterior colapso. ¿Te resulta familiar?