Sé que llevo un tiempo sin escribir por aquí, querido lector, pero me alegra que sea para hablar de El olvido de sí, de Pablo d’Ors. De algún modo sabía que a pesar de todas las circunstancias que hacen que cada vez tenga menos tiempo para pasarme por este rincón, acabaría dedicándole unas líneas a este libro. Sobre todo con el objetivo de acordarme una vez pase el tiempo de por qué esta narración en primera persona de la vida de Charles de Foucald merece la pena ser leída.

Aprender a esperar es lo más necesario en la vida, lo más difícil.

El olvido de sí, Pablo d’Ors, p.222

Escribir esta entrada me ha costado más de lo habitual porque no sé cómo encontrar las palabras adecuadas que puedan animarte a embarcarte en este libro y transmitir de forma precisa y veraz lo que he ido viviendo mientras lo leía este pasado mes de abril. En mi caso, leí El olvido de sí fiándome de la recomendación de una persona cuyo criterio valoro muchísimo, pero como parto de la idea de que mi opinión no tiene el mismo valor para ti creo que lo mejor que puedo hacer es contarte algunos momentos de la narración -hablar de todos sería imposible- en los que me sentí identificado, interpelado o incluso denunciado. Me siento ante esto como si me estuviera adentrando en un territorio inhóspito y misterioso, casi sagrado, donde el más leve movimiento o palabra fuera de lugar pudiera alterarlo todo. Después de leer esta obra creo que Charles de Foucald debió de sentirse así muchas veces, así que lo tomaré como un signo de que estoy abordando estas líneas de la forma apropiada, aunque advierto de que mencionaré algunas cosas que superficialmente no tienen nada que ver con el libro.

[A PARTIR DE AQUÍ PUEDE CONTENER SPOILERS]

Pero antes de ir más al detalle es preciso esbozar aunque sea ligeramente la figura de Charles de Foucauld (1858-1916), vizconde francés, militar, explorador, trapense y finalmente sacerdote eremita en Marruecos. Pablo d’Ors escribe en primera persona toda esta trayectoria vital como si de una biografía espiritual novelada se tratara, empezando por su infancia y ateísmo juvenil, desarrollando su conversión al catolicismo y terminando por su vocación religiosa, que le llevó a una vida ascética en el desierto del Sahara. Este argumento quizás pueda espantarte, querido lector, pero en realidad tiene mucho interés incluso si eres agnóstico o ateo, pues no deja de ser una oportunidad para seguir de cerca la experiencia mística de un ser humano, una forma de vida tantas veces situada en medio de paradojas: el solitario amante de la humanidad, el pobre que es el más rico de todos o el loco que resulta ser el más santo, el hombre que olvidándose de sí acaba siendo el hombre más consciente de sí mismo.

En este sentido, mi sensación personal mientras lo leía también se adentraba en esta paradoja, pues había momentos de la narración en que parecía que no hablaba de mí pero al mismo tiempo lo estaba diciendo todo. Era curioso porque mi estado de ánimo durante el tiempo que he estado leyéndolo era análogo al del protagonista. Si Charles de Foucald estaba viviendo una época de libertinaje centrado en sí mismo yo llevaba varios días pasando de todo; si él empezaba a ver claros ciertos aspectos de su vida que no aceptaba, algo concreto ocurría que me hacía abrir los ojos y entender partes de mi pasado; si él vivía una profunda crisis espiritual y tras un tiempo volvía a ver a Dios, yo pasaba igualmente por un trance parecido.

Es cierto que no me sentía identificado con un hombre rico que buscaba hacerse pobre (sobre todo porque mi naturaleza se inclina a todo lo contrario), pero el hecho de adentrarme en su vida y en sus pensamientos descubría aspectos de mí mismo que nunca había considerado de esa forma o había sabido expresar con palabras. Todo se ve mejor con un ejemplo:

En nuestra sociedad actual hemos llegado a un nivel de confusión tal que identificamos al fanatismo con una apuesta decidida por una determinada verdad. Sólo cuando impide amar a los demás, una verdad o una moral deberían ser tachadas de fanáticas. Porque la verdad, sin amor, no es más que un ídolo. Y porque por exigentes que mi oración y ayuno hayan podido llegar a ser, jamás me han impedido comprender y amar a mis semejantes.

El olvido de sí, Pablo d’Ors, p.22-23

Este párrafo nada más empezar el libro fue para mí como una bofetada en la cara. Iba en el metro, y tanto me dolió que cerré el libro y repetí internamente la frase «La verdad, sin amor, no es más que un ídolo» durante cinco minutos. No sé si alguno de mis compañeros de vagón se fijó en mí en ese momento, pero estoy seguro de que mi agitación interior tuvo que manifestarse de alguna forma en mi cara. Porque ahí estaba yo. Me creo que siempre llevo razón y, aun teniéndola a veces, pierdo los frutos que da la verdad porque la digo sin caridad. Es decir, impido que los demás puedan acceder a esta verdad porque al decirla sin amor, el otro la interpreta como una sentencia, un juicio o una exigencia que decide rechazar. Un ejemplo sencillo: el hermano mayor que le dice a otro que tiene que estudiar y dejar de ver un reality show de lo más vulgar puede hacerlo por su bien, por amor a su hermano. O puede hacerlo simplemente por fastidiar o para que deje libre la televisión y así poder jugar él a la Playstation 4. La verdad es la que es, la diga Agamenón o su porquero, el hermano mayor. Pero al ser dicha por propio interés y el hermano pequeño darse cuenta, la verdad no da fruto. Resultado: el hermano pequeño no deja la tele y suben los decibelios de la sala. Es cierto que el hermano pequeño puede seguir en sus trece aunque la verdad sea dicha con caridad, pero si eso es realmente así el resultado final no será un conflicto.

Esta es la serie de cosas que hacen de este libro un descubrimiento continuo. Fragmentos como este aparecen de repente y se te quedan en la mente y en el corazón durante todo el día, mostrándote facetas de la realidad que no habías considerado de esa manera. Por si este ejemplo no fuera suficiente pongo uno más y termino:

Es frecuente que los jóvenes, precisamente por jóvenes, se comporten con total imprudencia: que lean lo que cae en sus manos sin antes haber discernido si es bueno o no; que viajen sin preguntarse si ese viaje les construirá o destruirá; que conversen con desconocidos en la ingenua creencia de que de todos puede aprenderse. ¿Qué nombre puede atribuirse a quien no ha ejercitado el pensamiento y se ha lanzado a tomarlo todo con irreflexiva avidez? 

En mis frecuentes exámenes de conciencia, la avidez se me presentó desde el principio como el primero de los males que debía erradicar. Porque yo había vivido ávido de libros y mujeres, de fiestas y relaciones, de sensaciones chispeantes y de una vida que tanto más se me escapaba cuanto más alocada era mi voracidad. Porque ¿cuántos viajes pensaba realizar?, me pregunto hoy. ¿O es que creía que llegaría a conocer todo el planeta? ¿Y cuántas mujeres pretendía poseer? ¿O es que pensaba que las seduciría a todas? ¿Y cuántos libros estaba dispuesto a leer? ¿Pensaba realmente que alguno me daría la sabiduría que buscaba?

El olvido de sí, Pablo d’Ors, p.48-49

No quiero enrollarme mucho más, pero este párrafo da en la diana porque de nuevo me veo reflejado en esa avidez de cosas que al final sólo producen insatisfacción: viajes, chicas, libros, fútbol, podrían añadirse mil más. Durante mucho tiempo he vivido así sin darme cuenta, en esa búsqueda irreflexiva de mí mismo, y todavía hoy, aun sabiéndolo, me cuesta dejar de enfocar las cosas de esa manera. Pero lo interesante aquí es que en un par de párrafos el autor define esta forma de vivir que a mí tanto me cuesta expresar con palabras, demostrando una vez más la clase de enseñanzas que pueden sacarse de la vida de Charles de Foucald.

Y ya termino, espero que con lo que te he contado ya, querido lector, te haya entrado el gusanillo por este libro. Para mí ha sido todo un descubrimiento, tanto el autor como el protagonista, y espero leer más de ambos y contártelo en un futuro. Ojalá seamos capaces algún día de vivir en ese olvido de sí que Charles de Foucald llevó hasta sus últimas consecuencias.