Mi encuentro con Agatha Christie ha sido más bien tardío. A pesar de mi afición por las novelas de detectives, sobre todo de la mano de Sherlock Holmes, no había leído nada de la escritora inglesa hasta hace unos pocos meses, cuando devoré tres relatos suyos: Diez Negritos -soberbio-, El gato entre las palomas y El asesinato de la guía de ferrocarriles. Por esto, cuando gracias a una amiga se me presentó la oportunidad de leer una de sus obras más conocidas, Asesinato en el Orient Express, no lo dudé ni un segundo. Tenía que leerla.

Para no aburrirte con lo que viene después, te presento rápidamente el argumento:

«En pleno invierno, Poirot se encuentra en Estambul decidido a tomar el Orient Express. Su tranquilidad se ve turbada tras pasar una mala noche, cuando una tormenta de nieve ha detenido el tren y aparece el cadáver de un pasajero apuñalado salvajemente».

Aunque sigo prefiriendo a Sherlock Holmes, y eso dudo mucho que cambie algún día, he de reconocerle un cierto reconocimiento a Hércules Poirot. Ya sé que es francés, pero nadie es perfecto. Ahora en serio, le concedo al detective de Agatha Christie algo que no le concedo a su homólogo de sir Arthur Conan Doyle: tú podrías ser Hércules Poirot, yo podría ser Hércules Poirot, mi vecino podría ser Hércules Poirot con algo de entrenamiento. En cambio, en las novelas de Holmes siempre nos conformamos con ser Watson.

Digo esto porque con Poirot da la sensación de que sus razonamientos también podría haberlos hecho el lector (si aprendiera a pensar, por supuesto). Es decir, que en las tramas de Poirot se dan los suficientes detalles -normalmente- como para poder reconocer al asesino al mismo tiempo que el detective. Si has leído algún caso de Sherlock Holmes me concederás que esto es totalmente imposible con el inquilino de Baker Street; al presentársenos la acción desde el punto de vista de Watson se nos escapan numerosos detalles vitales para la resolución del crimen.

Sí, tiene película. ¡Pero lee antes el libro!

Pues bien, pese a todo esto no tuve la más mínima idea de quien era el asesino en este libro. La trama se desarrolla de una manera tan inesperada, y los acontecimientos se producen con tanta rapidez, que no es de extrañar que haya tardado dos días en terminármelo (y leyendo sólo por la noche). Son doscientas páginas de pura comedura de coco las que nos brinda Agatha Christie, y el desenlace… el desenlace es francamente delicioso.

Aunque bueno, he de reconocer que el desenlace feliz se produce al principio del libro. ¿Intrigado? Cuando lo leas me entenderás.

Anuncios