Inventemos una palabra como koi no yokan, por favor.

Twitter a veces le sorprendía. Esa mañana se había encontrado con esa expresión que tan bien condensaba su estado actual. Koi no yokan. Sonaba a Haruki Murakami, al monte Fuji y a samuráis de tradiciones ancestrales y casi extintas. Sonaba a flor de loto, a cielo gris y a miradas intercambiadas en un tren. Japonés, claro. De esos que atraviesan el país a velocidades de vértigo, con forma de tubo de pasta de dientes.


Koi no yokan. La expresión se le quedaba atrapada en la lengua. Le parecía increíble que no existiera una palabra para definir un concepto como ese en castellano, como si nadie se hubiera parado nunca a pensar en una forma de expresar la intuición. Pero su caso era todavía más curioso, ya que había tenido la intuición antes siquiera de conocerla, apenas un rato antes. ¿Qué presentimiento de esa clase aparece aun antes de verla? ¿Acaso el simple hecho de haberlo tenido significaba algo? ¿Puede uno fiarse de una premonición con respecto a una mujer? Preguntas y preguntas que ahora le rondaban la cabeza, pues la intuición había empezado a evolucionar poco después.

El koi no yokan había surgido como una semilla con una leve intranquilidad, que le llevó a medir sus palabras por temor a decir algo inadecuado. ¿Inadecuado? Él no era de los que sabían medir su discurso, atacaba el argumento contrario como a una buena hamburguesa del Mad Grill y no hacía prisioneros. Se había acostumbrado a decir lo que se le pasaba por la mente -sobre todo chorradas-, y sin embargo, en ese momento se comportaba con cautela, como si estuviera esperando algo (o a alguien). Aunque ésta desapareció muy rápido en el momento en que ella rió y escupió el arroz que llevaba en la boca encima de la mesa.

Aun pasado un tiempo después, no tenía muy claro qué era lo que había confirmado que el koi no yokan se había producido, qué es lo que había regado y alimentado la intuición. Podía haber sido su risa, su desparpajo, su belleza sencilla sin aditivos o sus ojos de miel silvestre. O sus preguntas, su curiosidad, sus inquietudes, su forma de escribir, sus cartas, su inteligencia aguda y alejada de toda adulación. O mil cosas más que sólo su corazón sabía y que sólo el tiempo podía revelar.

Hoy necesitaba acordarse de su koi no yokan para sobrellevar el tiempo, el espacio y el silencio, para esperar. Por esa razón trasnochó, encendió un cigarrillo, cargó el café y empezó a escribir:

Inventemos una palabra como koi no yokan, ¿no?

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