Un buen amigo me regaló este libro por mi cumpleaños: La fe de los demonios (o el ateísmo superado). Como puedes observar, el título es de lo más sugerente, pues a simple vista parece prometer superar los argumentos ateos en toda su extensión. Si a eso añadimos un autor, Fabrice Hadjadj, al que la contraportada presenta como «judío de nombre árabe y confesión católica», parecía encontrarme feliz ante una verdadera obra apologética que iba a servirme tanto moral como intelectualmente para despachar un par de debates sin despeinarme.

Sin embargo, no podía estar más equivocado, pues muy pronto (en la primera página para ser más exactos) descubrí que más que estar dedicado a los ateos el libro estaba destinado… para mí (en tanto que a-teo práctico tantas veces). Que no iba a encontrar un argumentario para mostrar la verdad del cristianismo sino más bien una receta para combatir contra algo más peligroso que el monstruo del espagueti volador. Una luz iluminadora antes que cegadora, que descubría mis vergüenzas y me hacía tambalearme tras recibir un buen gancho de realidad. Una lección de artes marciales para el combate del abandono, unas directrices sobre la lógica del mal, sobre los demonios que por creer en todos los artículos de la fe (y temblar) quizás no estén tan lejos del católico más creyente y cumplidor.

La ambición de extirpar por nosotros mismos todo el mal de aquí abajo es una ambición maléfica en sí. Después de haber olvidado al diablo (la mejor manera de interesarlo), desprecia tanto la libertad humana como la divina, ignora la realidad de la concupiscencia y de la gracia, rechaza lo trágico de nuestra condición. […] Proceden de ese deseo que hemos visto constituía la esencia del pecado demoníaco: hacer el bien por las propias fuerzas, planificar la dicha sin sorpresas.

Fabrice Hadjadj, La fe de los demonios

Como puedes ver, en solo un párrafo hay material para bastantes entradas de blog y conversaciones lluviosas de otoño. Podría seguir así desgranando este libro poco a poco e intentar abrirte el apetito a su lectura un poco más. Pero esta vez lo voy a hacer de una forma diferente, una forma creo que más sencilla de transmitir lo que pretendo: a través de una historia. Cualquier parecido con la realidad es pura coincidencia.

La niña, la cinta y las manos

En el transbordo de una de las estaciones de la línea verde del metro de Madrid hay una cinta mecánica que permite dejar atrás más rápido uno de esos infinitos pasillos subterráneos. La cinta cuenta con una anchura que dificulta los adelantamientos, por lo que lo normal es que todo aquel que transita por ella camine sin detenerse. Sin embargo, cuando vas con una niña pequeña las leyes (ir)racionales que rigen nuestro mundo adulto se vuelven un poco difusas e importan menos… Si es que importan algo en absoluto.

El capítulo que acababa de leer ese día de La fe de los demonios me había dejado revuelto. Empecé a experimentar una contradicción interna, muy profunda, en la que me veía como el mayor de los fariseos, capaz de atizar con la verdad como si fuera el palo de una escoba, eludiendo confesarme a mí mismo que ya no busco, despidiendo sin remordimientos de conciencia todo aquel saber que me pueda comprometer en cuerpo y alma. La búsqueda como pose, la caridad como prima lejana, la verdad alejada de la miseria humana. Escuchando al otro solo para verme escuchando, jugando al buen samaritano, diciendo el discurso verdadero de manera falsa y por tanto desviada.

Yo me estaba aproximando ya a aquella niña que iba con su madre dejándose llevar por aquella cinta y bloqueándola en parte. La niña sonreía y jugueteaba con su madre simulando que le presentaba su manita a los desconocidos que les adelantaban, intentando que se la chocasen.

Ser católico es ser universal. Ay de aquel que adujera ese título para destruir lo que quiera que fuese: su misión, como la luz que expulsa a las tinieblas, es disipar la ilusión de lo que no es. Usar cada cosa, como diría el Eclesiastés, en su lugar y momento. El diablo triunfa cada vez que despreciamos una parcela de la creación, porque a través de ese desprecio se insulta al Creador. Por lo demás, hasta del mismo demonio se puede desviar su ataque y emplearlo como en esas fábulas donde las nalgas ardientes de un diablillo se usan para hacer hervir la marmita: «No era ciertamente intención de los tiranos que, por sus persecuciones, irradiara la paciencia de los mártires», pero la gracia sabe servirse para su vida propia de aquello mismo que quiere matarla – sin lo cual ya no sería la gracia soberana. Con ella, pues, no hay que rechazar -a priori- nada. Todo está por recoger.

Fabrice Hadjadj, La fe de los demonios

Todavía no sé por qué le choqué la manita a la niña. Quizás salió de mí mi niño dormido o simplemente obedecí al impulso primario de jugar. El caso es que choqué esa manita y seguí adelante sin mirar atrás al tiempo que escuchaba a la pequeña reírse sorprendida y a la madre comentar divertida con ella lo «majo que es ese chico, ¿verdad?». En ese momento reconozco que lloré mientras caminaba recorriendo mi andén. Porque me di cuenta de que estaba viviendo justamente lo que describía el libro. Al terminar de leer aquel fragmento me había dejado arrastrar por un amor propio escandalizado de lo que estaba descubriendo de mí mismo y me había visto con la fe de los demonios. Rehuyendo la gracia viví por un minuto la salvación en mis fuerzas, pero esa niña divertida me había hecho sacar sin proponerlo lo mejor de mí. Gracias a ella había visto al niño escondido que dentro de mí juega distraído porque no tiene nada que temer: ese niño que se fía de sus padres y se abandona en ellos. En ese momento supe que la lucha iba a seguir durante toda mi vida. Que aunque pudiera a veces caer en la fe de los demonios la gracia podía desviar sus ataques para emplearlos para mi bien. Y ahí, en ese remanso, descansé.

P.D: Si lo quieres comprar te lo pongo fácil 😉

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