Hay textos que no se limitan a darte ideas: te cambian los muebles interiores, te obligan a recolocar qué va en el centro y qué se queda en un rincón. El pasaje siguiente de Mero cristianismo en el que C. S. Lewis habla del deseo sexual hace justo eso: no entra en la habitación para decorarla, sino para preguntarse cómo está amueblada y qué se ha ido desgastando con el tiempo.
La gente moderna siempre está diciendo: “no hay nada de qué avergonzarse con respecto al sexo”. Puede que quieran decir dos cosas. Una es que “no hay nada de qué avergonzarse en el hecho de que la raza humana se reproduce de cierta manera, ni en el hecho de que ello produce placer”. Si significa eso, tienen razón. El problema no es la cosa misma, ni el placer.
Pero, por supuesto, cuando la gente dice que “no hay nada de qué avergonzarse con respecto al sexo” pueden querer decir “el estado en que hoy se encuentra el instinto sexual no es para avergonzarse en absoluto”. Si el significado es ése, creo que están equivocados. No hay nada de qué avergonzarse por gozar de la comida; habría todo de qué avergonzarse si la mitad del mundo hiciera de la comida el principal interés de sus vidas y se pasara el tiempo mirando imágenes de comida y babeando y chasqueando los labios.
No digo que ustedes o yo seamos individualmente responsables por la situación actual: crecemos rodeados de propaganda que nos incita a no ser templados. Hay gente que desea mantener inflamado nuestro instinto sexual para hacer dinero a costa nuestra, porque, por cierto, una persona con una obsesión es alguien con muy poca resistencia a las ventas.
Si queremos ser sanados, primero debemos desear sanarnos. Aquellos que realmente quieren ayuda la obtendrán; pero para mucha gente moderna, incluso el desearlo es difícil, porque es fácil pensar que queremos algo cuando en verdad no lo queremos. Hace mucho tiempo un famoso cristiano nos dijo que cuando él era joven oraba constantemente pidiendo castidad, pero años después se dio cuenta de que mientras sus labios decían “oh, Señor, hazme casto”, su corazón secretamente agregaba “pero, por favor, no lo hagas ahora”.
Hay tres razones por las cuales ahora nos es especialmente difícil desear -menos aún lograr- una completa castidad.
1) Toda la propaganda contemporánea dirigida a la lujuria nos hace sentir que los deseos a los cuales estamos resistiendo son tan “naturales”, tan “saludables” y tan razonables, que es casi perverso y anormal resistirlos. Cartel tras cartel, película tras película, novela tras novela, asocian la idea de permisividad sexual con las ideas de salud, normalidad, juventud, franqueza y buen humor. Y esta asociación es una mentira.
Como todas las mentiras poderosas, se basa en una verdad: la verdad, mencionada antes, de que el sexo en sí mismo (aparte de los excesos y obsesiones que se han desarrollado en torno a él) es “normal” y “saludable”, y todo lo demás. La mentira consiste en la sugerencia de que realizar cualquier acto sexual que te tienta en un momento dado es también saludable y normal. Esto, desde todo punto de vista tiene que ser una estupidez. Rendirse a todos nuestros deseos obviamente lleva a la impotencia, enfermedad, celos, mentiras, ocultamientos y todo aquello que es lo contrario de la salud, buen humor y franqueza. Cualquier felicidad en este mundo requerirá una gran cantidad de restricción. Toda persona sana y civilizada debe tener un conjunto de principios por los cuales elige rechazar algunos de sus deseos y permitir otros. Porque la “naturaleza” (en el sentido del deseo natural) tendrá que ser controlada de todas maneras, a no ser que vayamos a arruinar toda nuestra vida.
2) Algunas personas se ven frenadas de intentar en serio la castidad porque piensan (antes de tratar) que es imposible. Pero cuando se trata de intentar algo, nunca hay que pensar acerca de posibilidades o imposibilidades. Si nos confrontamos con una pregunta optativa en un examen, calculamos si podemos hacerla o no; confrontados con una pregunta obligatoria, tenemos que hacer lo mejor que podamos. Podemos obtener algunos puntos por una respuesta muy imperfecta; ciertamente no obtendremos ninguno si dejamos la respuesta en blanco. No sólo en los exámenes sino en la guerra, cuando se suben montañas, al aprender a patinar o nadar o andar en bicicleta, incluso al abrocharse un cuello con los dedos helados, la gente a menudo hace lo que parecía imposible antes de hacerlo. Es maravilloso lo que puede hacerse cuando es necesario.
3) La gente a menudo entiende mal lo que la psicología enseña acerca de las “represiones”. Conviene distinguir: un deseo o un pensamiento reprimido, en el sentido psicoanalítico del término, es uno que ha sido arrojado al subconsciente (generalmente a muy temprana edad) y ahora puede hacerse presente en la mente sólo en una forma disfrazada e irreconocible. Pero cuando un adolescente o un adulto está ocupado en resistir un deseo consciente, no está tratando con una represión ni está en el menor peligro de crear una represión. Al contrario, aquellos que seriamente están intentando ser castos están más conscientes, y pronto saben bastante más acerca de su propia sexualidad, que ningún otro. Llegan a conocer sus deseos como Wellington conocía a Napoleón, o como Sherlock Holmes conocía a Moriarty; como un cazador de ratas conoce a las ratas o un fontanero sabe de cañerías rotas. La virtud -incluso la virtud intentada- trae luz; la permisividad trae niebla.
C.S.Lewis, Mero Cristianismo (1943)
Como has podido ver, en el fondo, este texto de Lewis no intenta añadir un mueble más a la habitación moral del lector, sino recolocarlos todos. Pone el sexo en su lugar: ni idolatría ni vergüenza, sino realidad buena que necesita límites para poder ser humanizadora. Recuerda que querer la sanación implica aceptar que habrá combate. Y deja una imagen clara: la casa interior se ordena no suprimiendo deseos, sino decidiendo cuáles pueden estar en el centro y cuáles, por el bien de todos, tienen que quedarse en su sitio.
