Aproximadamente solo un centenar de personas, más o menos, realmente odian la Fe católica. Pero millones y millones odian lo que ellos, incorrectamente, creen que es la Fe católica».

Mons. Fulton J. Sheen (1885-1979)

Respecto al asalto a la capilla de la UAM mi estado de ánimo ha ido variando entre el enfado y la indignación, para finalmente instalarse en la inquietud por escribir algo sobre ello. Inquietud que se ha ido cociendo en mi interior motivada por los comentarios que he leído sobre la noticia, sobre todo en las redes sociales.

¿Pero por qué esta inquietud por escribir algo tan políticamente incorrecto? Sencillo: porque soy cristiano. Porque además soy universitario. Y porque encima suelo ir a la capilla de mi escuela que pertenece a una Universidad pública.

En un primer momento me propuse desarrollar las razones por las que una capilla tiene derecho a estar en la Universidad pública, pero creo que tiene más sentido que aporte mi experiencia concreta sobre por qué y para qué  ha sido importante la capilla en mi vida. Quizás escriba sobre lo primero en un futuro.

A pesar de que llevo cinco años en la Universidad sólo hace dos que voy a la capilla; primero porque no sabía que había y segundo, cuando me enteré de su existencia, porque pensaba que eso era para frikis, santos o iluminados (o las tres cosas).

Ahora veo que estaba muy equivocado, porque ir a la capilla me ha ayudado muchísimo a conocerme, a ser consciente de mi realidad, a reflexionar, a desconectar de las clases y a madurar un poquito en la fe. Me ha servido como refugio en tiempo de exámenes; como roca a la que agarrarme cuando me parecía que la vida perdía su sentido; como oasis en medio de la rutina diaria; como consuelo cuando me desesperaba el sufrimiento. También como forma de iniciar en paz la jornada o como medio para dar gracias por todo lo bueno y lo no tan bueno que vivo en mi día a día.

Hay quien no tolera nada de esto o le parece malo, absurdo o de otra época. Hay quien no quiere ni rastro de religión en cualquier tipo de manifestación pública. De hecho, una de las propuestas que se le hicieron al rector de mi universidad en tiempos de elecciones fue quitar las capillas. Hay a quien se le puede aplicar perfectamente la frase que encabeza esta entrada. Pues bien, si estás entre ellos no voy a pedirte que dejes de pensar así.

Sólo te voy a pedir que cuando necesites que te tiendan una mano, pases por una mala racha, estés agobiado con la carrera o sientas necesidad de rezar o de dar gracias y no sepas a quién, tengas valor para pasar por tu capilla.

…si todavía quedan.

P.D: Para complementar lo anterior me permito añadir un escrito sobre este tema mil veces mejor que el mío:

Querida persona,

Esto va dirigido a ti, responsable de estas pintadas en la UAM.

En mi Universidad. En nuestra Universidad.

No puedes imaginarte el dolor que siento cuando veo estas fotos. Y más, cuando en el artículo de El País, leo que el capellán ha intentado que no se enteraran los medios para no convertirlo en una noticia sensacionalista.

Qué diferencia de actitudes, eh.

Porque cualquiera de nosotros, habría llamado a la prensa antes incluso que a la policía. Para que el mundo se enterara de este delito tan injusto. Habríamos hecho lo inimaginable para encontrarte y devolverte todo ese odio.

Pero el capellán no ha sido así. Él ha optado por otro camino. Un camino que espero que algún día conozcas y comprendas. Me imagino perfectamente cómo esta mañana, al ver lo sucedido, habrá ido corriendo al Sagrario, pues para él lo más importante habrá sido comprobar que a su Señor, para él presente en la Eucaristía, no le haya pasado nada. Luego habrá mirado a su alrededor. Seguro que con lágrimas en los ojos, de rabia, de impotencia, pensando qué hacer. Y entonces…

… entonces, me apuesto lo que quieras, a que ha rezado por ti. Se habrá puesto de rodillas, y de todo corazón, habrá pedido por ti.

Porque para él, antes que un vándalo que ha destrozado su capilla, antes que ese odio esparcido en forma de pintadas; antes de todo eso, eres una persona. Una persona que merece ser amada.

Creo, querida persona, que te equivocas de enemigo. Yo, igual que el capellán, elijo no odiarte. Tu lucha no está aquí. Espero que algún día encuentres el Camino, en busca de esa Verdad que te dará la Vida.

Teresa Reinoso

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