Abrir un album mundial 2026 con un hijo tiene algo de liturgia doméstica: no parece gran cosa desde fuera, apenas cromos, nombres, escudos e historia futbolística, pero en realidad ahí se está jugando un partido de mayor alcance. Porque un padre no transmite solo ideas. Transmite también una manera de mirar, de entusiasmarse, de esperar. Y el fútbol, cuando no se convierte en idolatría ni en escaparate histérico de las modas de turno, puede ser uno de esos lenguajes humildes donde el afecto paterno, a menudo escondido, se vuelve visible.
La transmisión del fuego
Uno de los errores modernos sobre la paternidad consiste en pensar que educar es explicar mucho. En realidad, un hijo aprende antes lo que uno ama y lo que uno hace que lo que uno dice. Por eso llenar un álbum del Mundial puede ser algo más serio de lo que parece por el tipo de gesto que encierra: sentarse juntos, nombrar jugadores, contar una vieja derrota o una esperanza improbable: volver a ganar un Mundial. Lo importante no es completar la colección, sino enseñar que algunas cosas merecen tiempo, memoria y fidelidad. Transmitir un fuego antes que adorar unas cenizas.
Un niño aprende ahí que la pasión no consiste en consumir deprisa, sino en demorarse. En esperar el sobre. En renunciar a las chuches para poder completar la colección. En cambiar cromos aprendiendo a negociar. En aprender a perder también cuando te sale un cromo repetido.
La Selección Española como memoria compartida
En España, además, hablar del Mundial con un hijo implica entrar en una historia concreta y (casi siempre) dolorosa. Durante toda su historia, la Selección ha dejado una mezcla muy española de expectativa, desengaño, brillantez y caída. Si repasamos, por fijar el periodo más reciente, los últimos 30 años, en 1998 cayó en la fase de grupos; en 2002 alcanzó los cuartos de final; en 2006 se quedó en octavos; en 2010 conquistó por fin el título; en 2014 volvió a despedirse en la fase de grupos, y en 2018 y 2022 cayó otra vez en octavos.
Ese recorrido, leído deprisa, parece una simple sucesión de resultados pero un padre sabe bien que ahí hay algo más. Están los veranos. Las casas familiares. El recuerdo de quién estaba vivo y sufrió contigo de niño la exhibición de Zidane en 2006 o el robo en Corea en 2002. La adolescencia, las pantallas gigantes en la plaza de Lima, el sol abrasador del mes de julio, los desengaños amorosos de la primera juventud. El sitio en el que estabas con el gol de Iniesta en Sudáfrica 2010.
Ese torneo de 2010 conserva algo ejemplar para la paternidad. Enseña que la madurez no consiste en no caer, sino en levantarse siempre. En saber que perder el primer partido contra una selección como Suiza (o empatar contra Cabo Verde) no implica que todo esté perdido. La Selección Española no es solo un equipo nacional; es también un archivo emocional de varias generaciones y, sobre todo, de la memoria de tu padre, de tus tíos, de tu abuelo.
Una escuela en un álbum de cromos
El álbum del Mundial, por tanto, se convierte en una escuela en miniatura. Un padre que pega hoy un cromo de Rodri no está hablando solo de fútbol sino de algo que va mucho más allá. Cada página de un álbum de cromos está ordenando el caos, pues cada cromo tiene su sitio, cada selección cuenta con unos colores, una bandera, una forma visible. Y esa necesidad que todo niño (y mayor) tiene de completar el álbum no es puramente consumista, sino que responde a algo profundamente humano: el deseo de que el mundo tenga sentido, de que las piezas no estén dispersas para siempre. De que haya un hilo conductor en la historia de cada hombre.
En un niño, ese impulso aparece casi intacto en su pureza. Quiere terminar la página, entender quién juega en cada posición, distinguir a España de Marruecos, a Brasil de Argentina, reconocer colores, banderas, rostros, relatos, historia. Y el padre, si está atento, descubre que acompañar ese proceso es mucho más que participar en un pasatiempo. Es custodiar una forma naciente de amor al mundo y, particularmente, a las propias raíces.
Una herencia que no paga impuesto de sucesiones
En todo caso, conviene presentar una enmienda a lo dicho. El fútbol no salva ni redime. No puede convertirse en religión sustitutiva ni en idolatría, por mucho que se juegue los domingos. No debe ocupar el primer lugar en la economía del tiempo. Pero precisamente por eso puede ocupar su lugar justo: el de un bien penúltimo, alegre, limitado, compartible. Algo que no exige adoración, pero sí gratitud. Algo que permite a un padre hablar con su hijo de esfuerzo, derrota, gloria, pertenencia y memoria sin necesidad de convertir cada conversación en una turra. Ahí está su dignidad, ahí está su fuego.
Quizá por eso un álbum del Mundial sigue emocionando incluso en una época saturada de pantallas. Porque obliga a tocar, a esperar, a repetir, a mirar juntos. Y porque devuelve a la paternidad una verdad elemental: amar a un hijo también consiste en ofrecerle una tradición pequeña, habitable y fecunda. En entregar una herencia que no paga impuesto de sucesiones.
Un día ese hijo verá a España en otro Mundial y recordará no solo a los jugadores, sino la mesa donde pegaba cromos, la voz de su padre gritando a la pantalla, la decepción de su abuelo, la vieja historia de 2010, las frustraciones de 2002, 2014 o 2022, y esa mezcla tan humana de esperanza y fragilidad que acompaña siempre a quien ama un equipo.
Y entonces ese hijo se convertirá en padre y entenderá mejor que el álbum nunca fue solo un álbum. Era parte de su herencia. Y ahora le toca transmitirla.
