Desde el año 2009, el 23 de agosto se conmemora en la Unión Europea el Día Europeo de Conmemoración de las Víctimas del Estalinismo y el Nazismo. Así es, tal día como hoy, el 23 de agosto de 1939 (hace 81 años), se firmaba el Pacto de no agresión entre la Alemania nazi y la Unión Soviética para repartirse Polonia, un episodio a menudo pasado por alto cuando se discute la Segunda Guerra Mundial.

Sergei Kourdakov, protagonista y autor de El esbirro, nació en 1951 en Rusia, doce años más tarde del pacto entre Alemania y la URSS y seis años después del final de la Segunda Guerra Mundial. En este relato autobiográfico, Sergei narra su accidentada vida desde su nacimiento hasta su huida a Canadá en 1971, en plena Guerra Fría, donde apareció delirante y con hipotermia después de nadar durante toda la noche tras saltar en alta mar desde el barco soviético Elagin. Esta evasión de la Unión Soviética, ya de por sí interesante, lo es todavía más por el hecho de que Sergei Kourdakov era en ese momento Jefe de las Juventudes Comunistas de la URSS y una de las caras jóvenes más prometedoras del régimen.

¿Por qué estaba yo allí, en esa fría mañana del 4 de septiembre de 1971, tan cerca de la muerte y lejos de mi hogar? ¿Por qué había abandonado la vida de Oficial de la marina y de Jefe de las Juventudes Comunistas de la URSS, para venir a caer aquí en el umbral de la muerte, en estas costas rocosas y hostiles de Canadá?

El esbirro, Sergei Kourdakov (p.26)
Sergei Kourdakov en televisión, una vez fugado de la URSS

Sin ánimo de hacer ningún spoiler, el testimonio de Sergei resulta muy impactante, ya que describe con claridad los males de un comunismo al cual él se entrega en cuerpo y alma desde su más tierna infancia hasta que ocurre algo que le hace querer abjurar (y escapar) del sistema que había dado sentido a su vida. Ese algo tiene que ver con una mujer y con ciertas personas a las que persiguió durante dos años como miembro de la KGB, la agencia principal de la policía soviética, pero no diré más para salvaguardar la pureza de esta reseña.

Salí fuera, al sol deslumbrante de Petropavlovsk y, con el ruido del mar a mis espaldas, caminé despacio hacia la comisaría. Cuando llegué, Nikiforov me dijo:
— Kourdakov, no pienses más en eso. Trabajas para el Estado. Esos que sufren son los peores enemigos y criminales. No lo olvides.

El esbirro, Sergei Kourdakov (p.197)

Creo que con esto basta para que te hagas una idea, querido lector. Esta autobiografía pertenece ya a mis libros de cabecera sobre el fascinante y terrible siglo XX. Un relato de la opresión y el horror, de las contradicciones internas y de la libertad interior accesible a todo hombre por el hecho de ser hombre. Un testimonio que, pese a las dudas sobre su autenticidad que algunos sucesos puedan suscitar (ver documental Forgive me, Sergei), bien vale recordar un 23 de agosto. Y más teniendo en cuenta cuál fue su final.

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