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Me remito hoy, querido lector, a compartir contigo la segunda parte del ensayo de G.K.Chesterton, «La excepción confirma la regla», uno de los artículos contenidos en «Por qué soy católico», toda una referencia para conocer el pensamiento del autor inglés. En este compendio de ensayos, Chesterton explica los motivos de su bautismo, defendiendo públicamente su fe y la racionalidad del cristianismo. Te dejo por aquí también la primera parte del mismo y te emplazo a los comentarios, querido lector.


Curiosamente, mi experiencia fue casi idéntica en lo que hace al espiritualismo. También en este caso fui moderno cuando era joven, aunque no tanto. Algún vestigio quedaba de la tan imprecisa cuan inocente religión que me inculcaron en la cuna, pero ello no bastó para que pudiera contemplar la aparición de esas modas psíquicas y psicológicas sin sentir asco. Aquel tinglado de mesmerismo y manipulaciones magnéticas de la mente me resultaba odioso, como me parecían detestables los ojos saltones y posturas rígidas y trances antinaturales y toda la demás superchería de los espiritistas. Monté en cólera el día que vi a una chica que estaba deseando asistir a una sesión de espiritismo ante una bola de cristal. Apenas sabía por qué. Después hubo un periodo en que quise averiguarlo, pero busqué infructuosamente una razón. Comprendí que era científicamente contradictorio idolatrar la investigación y prohibir los descubrimientos psíquicos. Vi cómo un número cada vez mayor de científicos aceptaban esas modas, y yo quería formar parte de la era de la ciencia. Nunca llegué a ser un espiritualista, pero casi siempre defendí su práctica. Hice ejercicios con un tablero de güija, lo bastante al menos para acabar convencido de que a veces suceden cosas que difícilmente pueden ser consideradas naturales. Desde entonces me he acostumbrado, por razones que sería excesivamente prolijo detallar aquí, a considerarlas no tanto sobrenaturales como no naturales y aun antinaturales. Creo que aquellos experimentos no me hicieron ningún bien, y pienso que son dañinos también para cualquiera que se dé a su práctica. Pero esto es algo que descubrí mucho antes de mi descubrimiento de la Iglesia católica o de la correspondiente doctrina católica. Sólo que, como ya he observado, el descubrimiento producía en mí siempre una gran impresión, ya que no se trataba de que la religión confirmara que yo estaba en lo cierto, sino que ella estaba en lo cierto cuando yo estaba equivocado.

Quiero recordar, eso sí, que en ambos casos los tópicos al uso son sencillamente falsos. No es verdad que la Iglesia haya anulado mi conciencia natural, y en ningún momento me ha exigido que abandone mi ideal personal. Tampoco es cierto que el colectivismo jamás fuera ese ideal. De hecho, no creo que llegara a ser el ideal de nadie en concreto. Porque no era un ideal, sino un compromiso adquirido, una concesión a los economistas que nos decían que era imposible luchar contra la pobreza sin emplear unas armas extrañamente parecidas a las de la esclavitud. El socialismo de Estado no fue nunca una realidad natural para nosotros, nunca logró convencernos de que lo era, tan sólo pudo convencernos de que era necesario. Asimismo, el espiritualismo no pareció nunca una realidad natural, sino sólo necesaria. Tanto el uno como el otro se empeñaban en decirnos que eran la única vía para llegar a la tierra de promisión, en un caso situada en una vida futura, en el otro en la vida del futuro. No teníamos gusto por las oficinas del gobierno ni por las boletas y registros, pero se nos decía que sólo mediante esas cosas alcanzaríamos una sociedad mejor. No nos gustaban los cuartos oscuros ni los médiums dudosos ni las damas atadas con cuerdas, pero se nos decía que esa era la única vía para acceder a un mundo mejor. Estábamos dispuestos a arrastrarnos por una cañería municipal o un albañal espiritual porque sólo así mejorarían las cosas, incluso porque era la única manera de demostrar que esas cosas eran mejores. Pero la cañería nunca llegó a figurar en nuestras fantasías como una torre de marfil o una mansión de lujo, ni tan siquiera como el torreón de los ladrones de nuestra imaginativa infancia o la sólida y confortable casa de nuestra vida adulta. Nuestra fe no sólo había estado siempre en lo correcto, sino que lo había estado por completo, de la primera a la última de todas esas cosas, y también respecto de nuestros más puros instintos y nuestras experiencias más inapelables. Lo único que se permitió condenar fue un interludio de esnobismo intelectual y entrega al poder de persuasión de la pedantería. Sólo condenaba lo que nosotros mismos habríamos acabado condenando, aunque lo hiciéramos demasiado tarde.

Así, pues, la Iglesia nunca ha hecho imposible mi ideal personal, y sería más correcto decir que fue la primera en ayudarme a realizarlo. El ideal de la encíclica de León XIII se acercaba bastante más a lo que me dictaba mi instinto que aquel otro ideal que consentí poner en su lugar. La ojeriza que la Iglesia sentía por las sesiones de espiritismo se parecía mucho más a mis primeras prevenciones de lo que llegó a parecerse mi entrega a esas prácticas. En los dos casos, es evidente que la Iglesia católica desempeña exactamente el papel que se ha asignado: conocer de todas aquellas cosas que no alcanzamos a saber pero que reconoceríamos como ciertas si pudiéramos. No estoy pensando aquí, como en la mayor parte de este ensayo, en el tipo de cosas que realmente vale la pena saber y conocer. Las verdades sobrenaturales están relacionadas con el misterio de la gracia y son materia para los teólogos, lo que sin duda les plantea graves y sutiles dificultades. Pero si bien esas verdades son las más importantes, sin embargo no son las que pueden ilustrar con más claridad el asunto que me ha interesado destacar aquí, a saber el referido a las decisiones que pueden más o menos fácilmente verse sometidas a la prueba de la experiencia. Y de todas ellas podría contar más o menos la misma historia: que hubo una época en que pensé que la doctrina católica carecía de sentido, pero que ni siquiera se trataba de la época más temprana de mi vida (ésta estuvo marcada por una mayor simplicidad) cuando tuve algo parecido a la sospecha de un sentido sin saber aún nada de la doctrina. Me sentí engañado por el mundo, pero la Iglesia podía en cualquier momento encargarse de desengañarme. Lo que el hombre siempre puede aspirar a dejar atrás, como una superstición en la que no creemos, son las pasajeras modas de este mundo.

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La Piedad, Miguel Ángel Buonarroti (1498-1499), Basílica de San Pedro, Piazza San Pietro, Ciudad del Vaticano.

Podría prodigar ejemplos, pero me temo que inevitablemente serían ejemplos egoístas y personales. A lo largo de este breve ensayo me he enfrentado a la doble dificultad de saber que todos los caminos conducen a Roma, pero que cada peregrino suele expresarse como si todos ellos fueran su propio camino. Podría explayarme, por ejemplo, en la descripción de mis tempranos forcejeos con el dilema más bien ridículo, al que me enfrenté en mi juventud, entre ser pesimista u optimista. No me llevó mucho tiempo o esfuerzo desestimar la opción pesimista, así que di en considerarme un optimista. Pero ahora sé que no tengo derecho a considerarme ni lo uno ni lo otro, y lo que es más importante: sé que hay virtudes en las dos posibilidades. Pero son virtudes entremezcladas con otras cosas, y pienso que las verdades más antiguas y sencillas permiten separarlas. Lo que me importa señalar es lo siguiente: que antes de haber oído hablar de la existencia de pesimistas y optimistas, me parecía bastante más a quien soy ahora de lo que jamás pudieron consignar esas dos etiquetas pedantes. Cuando era un niño daba por sentado que sentirse alegre era algo bueno, pero también que es algo malo no oponerse a las cosas que son realmente malas. Después de un breve periodo de formalismo intelectual y falsos contrastes, he vuelto a sentirme capaz de pensar lo que en aquel entonces sólo podía sentir. Pero ahora sé que protestar contra el mal puede alcanzar cotas de indignación mucho más divinas, y que la alegría infantil es apenas un lejano atisbo de una forma más divina de regocijo. No es tanto que haya descubierto que me equivocaba, cuanto que ahora sé por qué estaba en lo correcto.

Es en ello donde reside el supremo ejemplo de la excepción que confirma la regla. De la regla he procurado dar una muy somera idea en el anterior capítulo. Esa regla dice que la filosofía católica es universal, ya que ha demostrado ser apta para cualquier naturaleza humana en cualquier lugar y corresponder a la naturaleza de todas las cosas. Pero aun cuando no encajara en la naturaleza humana, a la larga resulta que favorece aquello que sí lo hace. Por lo general se adapta a nosotros, y cuando no es así, aprendemos a adaptarnos nosotros a ella, siempre y cuando sigamos con vida para seguir aprendiendo. En los casos aislados de hombres sensatos que de verdad piensan que contraría su inteligencia, por lo general descubrimos que tienen razón, no sólo respecto de la verdad, sino incluso respecto de su más recóndito instinto por la verdad. La educación no se acaba con la conversión, en realidad comienza con ella. Los hombres no dejan de estudiar al convencerse de que algunas cosas son dignas de estudio, cosas entre las que se incluyen no sólo los valores ortodoxos, sino incluso los vetos ortodoxos. Curiosamente, hasta cierto punto puede decirse que el fruto del árbol prohibido suele ser más fértil que el de los frutos que nadie nos prohíbe comer. Más fértil, como demostraría un fascinante estudio botánico que estudiara sus virtudes venenosas. Así, por poner un solo ejemplo, todas las personas sanas se revuelven contra la usura; éste es un instinto que la Iglesia se ha limitado a rubricar. Pero aprender a reconocer la usura, estudiar su naturaleza y demostrar por qué es algo nocivo requiere una educación liberal, no sólo en economía política, sino en la filosofía de Aristóteles y la historia de los concilios lateranos.[41] Casi siempre existe una humana razón detrás de todos los consejos meramente humanos que la Iglesia ofrece a la humanidad, y descubrir en qué consiste esa razón, entre otras cosas, constituye uno de los más intensos placeres intelectuales. Sea como sea, el hecho indiscutible es que la Iglesia por lo general hace lo correcto al mostrarse por lo general tolerante, pero cuando es intolerante tiene aún más razón y se muestra aún más razonable. Adán vivió en un jardín rodeado de millares de bendiciones que le fueron otorgadas, pero la mayor de todas era abstenerse de hacer una sola cosa.

Por la misma razón, conviene que el converso o el que está aún en proceso de conversión se encare con cualquier cosa que le parezca una deformidad en el rostro de la Iglesia y que considere una falsedad. Pues bien, si se encara con ella el suficiente tiempo, probablemente descubrirá que esa es precisamente la mayor de las verdades. Yo mismo he descubierto lo propio en esa extrema lógica del libre albedrío que se encuentra entre los ángeles caídos y en la posibilidad misma de la perdición. Son cosas que ciertamente superan mi imaginación, pero mi entendimiento puede trazar una vía lógica que conduce hacia ellas. De hecho, me siento capaz de justificar toda la teología católica, si se me concede empezar por el supremo valor y santidad de estas dos cosas: la Razón y la Libertad. No deja de arrojar luz sobre los actuales debates anti católicos el que sean precisamente las dos cosas que la mayoría de la gente supone que le están vedadas a los católicos.

Pero la mejor manera de plasmar lo que quiero decir es repitiendo una vez más lo ya dicho respecto del abarcador ámbito de la universalidad católica. No tengo capacidad para trazar el perfil de esos últimos principios teológicos ni la autoridad o los conocimientos necesarios para definirlos, pero sigo figurándomelos del siguiente modo: Imaginemos que soy tan desgraciado que pierdo mi fe; ¿sería capaz de volver a abrazar la caridad barata y el optimismo vulgar que declara que todo pecado es un desliz y que el mal no puede vencer o incluso que no existe? Me sería tan fácil regresar a alguna de esas capillas muelles como a un hombre que hubiera recuperado la cordura volver a vivir en una celda acolchada. Sé que puedo dejar de creer en un Dios específico, pero no podría dejar de pensar que un Dios que ha sido capaz de crear libres a los hombres y los ángeles es muy superior a un Dios que los convence de la necesidad de vivir confortablemente. Sé que podría dejar de creer en la existencia de otra vida en un futuro, pero no podría dejar de creer que es preferible la doctrina que afirma que somos capaces de escoger y decidir nuestra vida futura a la noción de que nuestra vida ha sido diseñada como si debiera transcurrir en un hotel adonde nos conducen a todos obligadamente en un furgón celular. Sé bien que el catolicismo es demasiado vasto para que pueda abarcarlo, y aún no he explorado sus verdades, las bellas y las terribles. Pero sé que el universalismo me queda pequeño y me sé incapaz de volver a arrastrarme para acogerme a su triste amparo, tras haber contemplado la vertiginosa visión de la libertad.

Por qué soy católico, G.K.Chesterton


[41] Los concilios lateranos son los cinco concilios organizados por la Iglesia entre 1123 y 1512, reunidos en el templo de San Juan de Letrán, en Roma.

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