Uno de los temas que más me han interesado siempre es el (supuesto) conflicto entre la ciencia y la fe, la fe y la razón, la religión y la ciencia. Por ese motivo, cuando me crucé con un tuitero que recomendaba varios libros sobre este tema no pude evitar lanzarle una pregunta: ¿Por cuál debería empezar? Así llegó «Ciencia y fe. Una nueva introducción« de John F. Haught a mi lista de libros pendientes y así fue cómo llegó a mis manos varios años después tras pedírselo a sus Majestades de Oriente.
¿Hay algún hilo argumental en el universo?
Ciencia y fe. Razón y fe. Mi interés por este nudo gordiano siempre ha sido de carácter vital. Habiendo crecido en una familia en la que la fe cristiana tenía un papel fundamental y dado mi carácter analítico-racional (que paradójicamente es en la práctica más bien emocional), este conflicto era el elefante en la habitación.
Durante gran parte de mi adolescencia viví buscando respuestas que desligaran ese nudo y pusieran nombre al elefante, pero mi falta de conocimientos filosóficos y el apriorismo cientificista de toda la enseñanza secundaria y bachiller (da igual que fuera a un colegio concertado católico), me hicieron vivir en una especie de dualidad materialista práctica-idealista religiosa. Nadie me enseñó en el colegio (o al menos yo no lo aprendí) a detectar falacias y esto para mí tenía consecuencias vitales (en el sentido más literal del término).
Si la ciencia se opone a la fe como aducen los apóstoles del cientificismo, esto tendría una serie de consecuencias para mi comportamiento moral. Si Dios no existe, ser bueno sería solo una convención y lo realmente importante sería que no me pillaran cuando no lo fuera. Si de veras existe una incompatibilidad entre la fe religiosa y aquello que podemos ver, tocar y medir en el mundo, esto tendría implicaciones para reconocer la existencia de todo aquello que experimentamos y no es material. La belleza de una estrella fugaz sólo dependería del sujeto del que la mira y la verdad de los hechos será lo que dicte un juez y nada más. El amor de una mujer sería una entelequia pues nunca podría estar seguro de que ella me quiere, así que para qué buscarlo. Ni siquiera podría estar seguro de que mis padres me quisieran (¿cómo lo demuestro científicamente?). Si mi existencia es exclusivamente fruto del azar, comamos y disfrutemos con todas las consecuencias, que ya algún día moriremos.
Un antídoto frente al reduccionismo
Sin embargo, algo dentro de mí se rebelaba ante ese materialismo. Esta insurrección en ese momento era puramente práctica, experimental, pues había experimentado el amor de mi familia, la belleza en la cima de una montaña, el bien en una corrección o la verdad en una amistad. Había cosas que existían que no podía demostrar empíricamente con el método científico y eso no implicaba que no existieran o no fueran reales. Que no supiera conciliar lo que sabía de la evolución o el origen de la vida con el cristianismo no significaba que la respuesta no existiera y estuviera allí afuera.
La prueba de que la vida es más que química se encuentra en la disposición de las «letras» del ADN de las células vivas. El aspecto informativo de las células depende de la secuencia específica de las cuatro letras del ADN (A, T, G, C). El análisis químico no puede revelarnos por qué las letras se organizan de tal o cual manera. Los factores químicos que unen los átomos en el ADN funcionan de la misma forma en todas las células vivas, pero la secuencia específica de las letras del ADN no está determinada por procesos químicos. […] Esta diferencia informativa es suficiente para demostrar que la vida es más que «solo química».
Ciencia y fe. Una nueva introducción (John F. Haught). Capítulo 6: ¿Puede la química por sí sola explicar la vida? (p. 91).
Ciencia y fe vistas por John F. Haught
Creo que John F. Haught, catedrático de Teología de la Universidad de Georgetown y autor del libro «Ciencia y fe. Una nueva introducción», alguna vez se tuvo que hacer preguntas similares porque ha escrito una obra en la que explora el diálogo entre la ciencia y la fe de una forma muy perspicaz y ordenada. Lo primero que hace es establecer un marco fundamental, las tres posturas principales con que la gente que se toma en serio la ciencia conecta esta con el mundo de la fe:
- Conflicto. La fe y la ciencia son opuestas e irreconciliables.
- Contraste. La ciencia y la fe son distintas, no se oponen entre sí y cada una tiene su ámbito de actuación, por lo que no puede haber conflicto.
- Convergencia. La ciencia y la fe son distintas pero, aun así, pueden interactuar de forma productiva. Pueden tener un diálogo continuo y posibilitar una perspectiva con más matices.
Establecido este marco, el libro consiste en desgranar una serie de temas controvertidos con sensibilidad y rigor intelectual, tomando el punto de vista de cada uno de estos tres enfoques. ¿Es la fe compatible con la evolución? ¿Realmente suceden milagros? ¿Excluye la ciencia la existencia de un Dios personal? ¿Puede la química por sí sola explicar la vida? ¿Puede la ciencia explicar la inteligencia? ¿Podemos ser buenos sin Dios? ¿Hay vida después de la muerte? Podría seguir pero creo que te haces una idea, querido lector. Haught aporta una mirada apasionada y no exenta de sentido sobre todos estos temas que ayuda a deshacer el nudo gordiano del materialismo cientificista.
Tres perspectivas ante la muerte:
— Andrés E. // Mängiliath. (@Aegi86) August 12, 2020
-Fatalismo naturalista.
-Optimismo sobrenatural.
-Sufrida esperanza.
Os dejo un fragmento muy interesante de la reflexión que hace John F. Haught sobre el destino del ser humano y el cosmos. (Ciencia y Fe. Una nueva introducción). pic.twitter.com/eDluEfffg6
El universo físico tiene una edad de 13.700 millones de años
La estructura del libro en base a la realización de una pregunta y su respuesta según los tres enfoques hacen la obra accesible y, en cierto modo, también cautivadora. Uno no puede evitar intentar contraargumentar la postura del conflicto o pedirle un poco más a la postura del contraste. En este sentido, el enfoque de la convergencia me ha resultado muy estimulante, pues integra los descubrimientos científicos de tal manera que es capaz de encontrar un sentido religioso en el drama de la naturaleza.
En cualquier drama verdadero, incluido el de la vida, es indispensable un elemento de contingencia, espontaneidad e imprevisibilidad. El azar no es un absurdo, como supone el contraste, ni una ilusión, como cree el conflicto. Antes al contrario, el azar en la evolución es esencial para que la vida sea el drama que es. Teológicamente, la existencia del azar es lo que debemos esperar de una historia de la vida que sea coherente con nuestra confianza en un Dios compasivo y alentador que mantiene abierto el futuro.
Ciencia y fe. Una nueva introducción (John F. Haught). Capítulo 3: ¿Es la fe compatible con la evolución? (p. 46).
Sí, un universo que tiene más de drama que de diseño milimétrico, que tiene más de narración que de arquitectura infalible. Un universo de 13.700 millones de años en el que si toda su existencia se contuviera en 30 libros de 450 páginas, cada página equivaldría a un millón de años y los humanos modernos habríamos aparecido en la página 450 del último volumen. Este hecho por sí solo ya debería derribar nuestros ídolos de madera (o de oro) y hacernos caer en la cuenta de quiénes somos realmente, de nuestra pequeñez y de lo remotamente improbable que es la vida.

Conclusión
John F. Haught ha escrito un libro claro, ordenado, absorbente y no exento de pasión sobre uno de los temas más controvertidos (y tristemente incomprendidos) que atañen al ser humano: el diálogo fe y ciencia. Si la postura cientificista-materialista que parece primar en el mundo científico no te convence pero reconoces el valor de la ciencia bien hecha, este libro no te va a defraudar. Si alguna vez te encontraste con un elefante en la habitación atado a un poste con un nudo gordiano y te creíste que la fe y la ciencia necesariamente han de correr por caminos separados, este libro tiene la capacidad de retarte. Si te cautiva la verdad y estás siempre abierto a explorar el fascinante cruce entre la ciencia y la religión, este libro ofrece una valiosa contribución al debate.
P.D: la mayoría vemos que la vida es un drama (no hace falta más que abrir un poco los ojos) y, si reflexionamos un poco más, vemos que es un drama de dimensiones cósmicas. Y todo buen drama precisa de un narrador, ¿o no?
